Del paralelo 38 al paralelo coreano con Irán

Tras del anuncio norcoreano de una nueva prueba nuclear- en fecha aún indeterminada y dentro de su propio territorio-, en respuesta a las últimas sanciones de la ONU por su reciente lanzamiento de un misil intercontinental, con el pretexto de colocar en el espacio un satélite de comunicaciones, es necesario hacer dos observaciones: la interrelación entre lanzamientos de misiles por parte de Pyongyang y su ejecución de pruebas subterráneas, y el paralelismo entre los programas nucleares de la dictadura comunista de Corea del Norte y la teocrática de la República Islámica de Irán.

Pero existe otro paralelismo entre los dos regímenes asiáticos en esta materia. Ambos han realizado iguales programas en el plano del enriquecimiento de uranio. Lo que en el caso norcoreano lleva a los analistas del sur del Paralelo 38 (línea divisoria que separa las dos Coreas – que técnicamente se encuentran todavía en estado de guerra, atenidas sólo a un simple armisticio para el alto el fuego) a interpretar que el artefacto que será probado ahora no será una bomba de plutonio, como las anteriormente detonadas en 2006 y 2009, sino de uranio suficientemente enriquecido. Y de una potencia sustancialmente mayor.

Las paralelas sobre las que han discurrido hasta ahora uno y otro proceso de enriquecimiento, iraní y norcoreano, no son líneas que se encuentran en el infinito como otras paralelas cualquiera. Aparecen entrelazadas por una probada línea de colaboración y enlace, tal como quedó de manifiesto desde el caso del físico nuclear iraní asesinado en Teherán por los servicios secretos israelíes, días después de regresar de una visita a Pyongyang en un vuelo con escala en Damasco, donde fue detectado por el Mossad.

Hay que sumar a ese asesinato – enmarcado en la presunción de que han existido cooperaciones específicas en este orden del enriquecimiento del uranio -, la hipótesis de que el entero desarrollo misilístico iraní está basada también en el suministro de tecnología balística norcoreana, soportada ésta, a su vez, en los desarrollos de las aportaciones hechas por los soviéticos.

Más verosímil resulta en todo caso la idea de que los progresos nucleares de Irán proceden de la cooperación norcoreana que de la paquistaní, única potencia islámica que dispone de un arsenal nuclear, toda vez que Irán, con sus recursos procedentes del petróleo, dispone de capacidad financiera bastante para comprar esa cooperación. Y asimismo, de otro punto, resulta poco verosímil la empatía coránica suficiente para que los paquistaníes se prestaran a tal colaboración con los persas, pues éstos son suníes mientras que el opuesto chiísmo es la secta musulmana que informa el islamismo de Teherán.

Además de las consideradas interacciones, diversamente probadas entre norcoreanos e iraníes, hay que señalar el compartido proceso de sanciones procedentes del Consejo de Seguridad de la ONU contra uno y otro Estado. Algo que lleva poco menos que a la conclusión de que esos dos regímenes asiáticos constituyen en la práctica poco menos que una única y misma cuestión en lo que toca a las trasgresiones del Tratado de No Proliferación Nuclear. Haciéndolo como problema para la seguridad colectiva más allá del único plano jurídico de la ley internacional.