Fractura nuclear del catalanismo

La aprobación por el Parlamento de la Generalidad de Cataluña por 85 votos a favor, 41 en contra y dos abstenciones del PSC tiene una doble lectura. Si de una parte expresa la victoria constitucionalmente irrelevante del soberanismo nacionalista, representa de otro punto la fractura nuclear del catalanismo. Término que engloba tanto el nacionalismo propiamente dicho como el regionalismo: expresión de una identidad genérica, jurídicamente resuelta y expresada en el caso español, con la Constitución de 1978, en el concierto estatutario del Estado Autonómico – en el que se incluyen las “nacionalidades históricas”  -, que implica diferenciación territorial no resuelta en demandas de soberanía. Ésta constituye un pro indiviso político del que es titular el pueblo español en su conjunto unitario.

La insistencia nacionalista dentro del catalanismo en alcanzar desenlaces de soberanía ha llevado en la votación de ayer a la fractura de éste. Pero lo ha hecho de una forma especialmente dramática en el caso del PSC. La cuarta parte de sus diputados inhibió el voto, se abstuvo en la Cámara al cabo de un debate en el que fue imposible el pronunciamiento compartido por todos los componentes del grupo parlamentario. Ha sido esta abstención parcial en los socialistas catalanes, de otra parte, dato indiciario del barullo en que se encuentra envuelto el propio PSOE sobre las alternativas a que se enfrentaría, para la reforma territorial del Estado, una modificación de nuestra Carta Fundamental. Con propuestas federales de unos y confederales de otros.

Está la otra cuestión o enfoque planteado conforme términos de denuncia en el actual contexto de debate, desde el puro y simple catalanismo, de que la demanda soberanista no es otra cosa que una argucia política para taparse del fracaso de gestión de Artur Mas como gestor de la Administración autonómica de Cataluña. La crisis económica pertenece como es obvio al orden de realidades que merecen atención de absoluta preferencia.

Pero tampoco conviene pasar de largo ante el componente de maniobra estratégica y pretexto de mayor cuantía que tiene todo esto del soberanismo variablemente independentista. Se mira al comienzo de este compás dialéctico en Cataluña y nos encontramos con la estampa de un Mas dando poco menos que un portazo en la Moncloa cuando Mariano Rajoy rechazó las desaforadas pretensiones de un pacto fiscal para el Principado, como si los españoles de ese territorio pudieran aforarse como lo hicieron en su día navarros y vascongados. De ahí lo desaforado de la pretensión.

No habría que descartar otras hipótesis de pretensión nacionalista en Cataluña. Acaso en la línea de exigir “compensaciones” de otro orden. No a costa del común perteneciente al resto de los españoles, sino a ciertos de sus entornos inmediatos, como Aragón y Valencia, por ejemplo. Ahí está, el caso pirenaico de Somport como la opción más racional en el orden de las infraestructuras a la hora de los enlaces por carretera con el centro de Francia, el Canal de la Mancha y el norte de Europa.