Obama-Netanyahu, diálogo en la bruma

En el contexto de una participación electoral en Israel desconocida en la última década y entre la magia mediática que ha rodeado la fiesta por la Casa Blanca de la renovación del mandato para el presidente Obama, es perceptible un distinto clima en la inamovible relación entre el Estado de Israel y la Administración norteamericana. Posiblemente, sólo la solidez de este vínculo es capaz de soportar el grado de disenso y el nivel de bruma existente en los últimos tiempos – los del presidente afroamericano – en el diálogo promedio existente entre Washington y Jerusalén.

Se advierte lo muy manifiesto del interés estadounidense en la actual tesitura por llevar con el mundo árabe y musulmán niveles de entendimiento y sintonía sensiblemente más altos que los habidos hasta ahora. Lo que es mucho decir, puesto que los Gobiernos de G.W. Bush, hecha la grave salvedad de la guerra de Iraq, hicieron lo que nunca se había hecho desde la Casa Blanca para que Israel se aviniese a las condiciones necesarias a fin de que se negociase la paz y el reconocimiento del Estado palestino; aunque en el último momento todo se viniera abajo por la instrumentación iraní de la disidencia interna de los palestinos. La guerra de Gaza acabó con el horizonte de la paz que se negociaba y con el Gobierno israelí de entonces.

Ahora son otras cuestiones las que han prevalecido, con un cambio de eje en el remanente proceso negociador. Todo a cara de perro mudo, con el recurso palestino a la votación en la Asamblea General de la ONU para que se les conceda el estatus de Estado observador. Algo con todos los atributos de la victoria pírrica para esa población árabe.

Y, en todo caso, lo que ha quedado es un escenario político regional nada avenido con los planes y propósitos de la actual Administración demócrata: dispuesta, por ejemplo, a contemporizar con el islamismo gobernante en Egipto, por ser este Estado un referente crítico para el equilibrio de poder en Oriente Próximo y en Oriente Medio. Un espacio en el que Irán pretende desplegar su influencia como potencia regional, tanto en el corto y el medio plazo, camino de la obtención del arma atómica, como especialmente después… Cuando la tenga si es que antes no le han cortado el camino a la teocracia de los ayatolás, que en teoría puede no querer renunciar tampoco a una relación especial con el Iraq ahora gobernado democráticamente por el compartido chiísmo entre Teherán y Bagdad.

Lo que ahora salga de las urnas israelíes, únicas libres y democráticas en la región, puede valer algo o no suponer nada para la nebulosa que ahora envuelve el diálogo americano-israelí. La opción que representaba el Gobierno de la señora Livni parece pertenecer definitivamente a la Historia; pese haber sido catapultada tal opción con todos los pronunciamientos favorables en la Conferencia de Indianápolis, ya en la recta final de la presidencia del último Bush.

De momento, a la hora de redactar esta nota, lo que parece abrir el muy alto nivel de participación en las urnas de Israel es la muy remota posibilidad de que la opción Netanyahu, se llevara un sobresalto.