El síndrome del Pacífico

Parece llegado el momento de espigar conclusiones del choque de realidades habido en el desierto argelino hace sólo unos días. Una colisión inesperada entre la resurgida ola del islamismo norteafricano y el odio laico del nacionalismo postsoviético del FLN (Frente de Liberación Nacional), que estalló hace casi dos décadas frente a todo cuanto significara injerencia coránica en la política de Argelia. El nacionalismo autoritario árabe fulgía entonces en todo su esplendor. Nada hacía prever que a principios de 1012 arrancara por Túnez lo que luego se llamaría la “primavera árabe”, en la que resultarían demolidos los regímenes autoritarios y nacionalistas establecidos en el norte de África y parte de Asia Menor.

El progreso real habido al cabo de la revuelta norteafricana en lo que toca a la modernización política de toda esa zona, parece más mostrenco que otra cosa. Podría decirse en todo caso que lo único realmente habido ha sido una generalizada rotación de autocracias y un nulo progreso en los derechos de las minorías. Principalmente las cristianas, sobre todo en Egipto y veremos ahora qué ocurre en Siria cuando allí acabe la guerra.

Lo único claro en el balance es el vigoroso resurgimiento político del islamismo de cualquier condición. Pero tan clara como esta realidad es la mutación de las distintas posiciones occidentales; especialmente, la posición norteamericana. Se ha visto muy claro en lo que corresponde a Estados Unidos. Hace Washington malabarismos retóricos para preservar por razones geopolíticas la sintonía diplomática con el Egipto gobernado por los islamistas, hace discursos Obama cantando a la paz el día que comienza su nuevo mandato presidencial y poco menos que mira a otra parte cuánto pasa y ocurre en el escenario del Sahel, especialmente con ocasión de ese suceso central que ha sido la respuesta argelina contra la ocupación yihadista en el extremo de su Sahara y muy cerca de Libia.

Ahí está el riesgo cierto de “afganización” del Sahel, contra el cual no parece considerar el Pentágono – en términos de aportación cooperante – mayor cosa que apoyo logístico al conjunto de los países europeos que son colaboradores de su política en Afganistán. Y lo son por motivos derivados de la común pertenencia a la OTAN, sin reparar aparentemente Washington en que el Atlántico norte está más cerca del Atlántico sur que de Afganistán, Pakistán y el Golfo de Omán… ¿Será que carece de importancia el hecho de que los terroristas del Belmotjar hayan asesinado a 37 rehenes occidentales, o que el reabastecimiento interno norteamericano de hidrocarburos, le nubla a esta Casa Blanca la percepción de qué supone el yihadismo sahariano contra el normal, estable y seguro suministro de hidrocarburos de esa región al mundo europeo y atlántico?

Es preocupante el hiato que se advierte en el discurso diplomático de Washington cuando el presidente Obama comienza su nuevo mandato. Es como si desfilara atropelladamente el cambio de prioridades en la política exterior de la primera potencia mundial. Que mire cada vez con mayor insistencia hacia el mundo del Pacífico y que aparentemente se desentienda más y más del mundo Atlántico es algo que a los Europeos en general, y quizá a los españoles en particular, nos resulta difícil de comprender. Posiblemente porque esa cuenca ya no nos era ajena en el Siglo XVI. ¿Habremos de escuchar e interpretar de ahora en adelante el “síndrome del Pacífico” como la canción del olvido”?