Mientras se agotan los plazos

Mientras el presidente Obama y su mujer, rompiendo sus vacaciones, regresan a Washington desde las islas Hawái para encarar el último asalto parlamentario en torno al pacto fiscal, intentando superar a toda costa el disenso que llevaría a una recaída en la recesión económica, con sus efectos añadidos contra la reactivación de la Eurozona, Wolfgang Schäuble, el ministro alemán de Finanzas, en declaraciones al “Bild Zeitung”, asegura que “ya ha pasado” lo peor de la crisis en la zona del Euro. Habría que verlo.

Así las cosas no casan las visiones del futuro y de los diversos plazos entre la percepción de la Casa Blanca y las opiniones de la Cancillería de Berlín. Si el consenso no se lograra en las Cámaras de Washington y el desacuerdo llevase al batacazo en el crecimiento económico norteamericano, por la suma de los recortes presupuestarios y la subida de los impuestos, la zona euro podría darse con un canto en los dientes si consiguiera aguantar en la mediocridad agónica donde se encuentra. Ningún análisis medianamente razonable puede obviar la interdependencia económica entre las dos orillas del Atlántico Norte. La crisis en el euroespacio seguiría tal como estaba.

A mayor abundamiento la Canciller alemana ha dejado entender bien a las claras que en su imaginario a corto plazo no entra en modo alguno la idea de relajar un solo punto el criterio de rígida disciplina fiscal. Más aún, Angela Merkel habla ya de llegar cuanto antes al déficit cero. Ni las primeras elecciones regionales alemanas que esperan, en la próxima primavera, ni tampoco las urnas federales de salida del verano que viene, propician la idea de que el Gobierno de Berlín vaya a relajar la disciplina de ahora ni a rebajar medio palmo esa meta del déficit cero; tan fiel y sublimado reflejo como es todo ello de la mitomanía alemana de la estabilidad económica. Un nivel de percepción originado en el tsunami inflacionario padecido por los alemanes durante la República de Weimar. Maremoto causado a su vez por la tremebunda Paz de Versalles que, en paralelo, sería la gran partera del nacimiento del nazismo y de la segunda gran catástrofe bélica potencialmente capaz de acabar con la propia Europa.

Pero el factor determinante ahora, para la Eurozona y para los propios Estados Unidos, sería la consciencia norteamericana de que la cuestión de su disenso en materia fiscal, en los pocos días que restan para acabar el año, sólo es un problema suyo. La cosa va mucho más allá. Tanto su acierto como su fracaso tendrán un efecto multiplicador; es decir, que si demócratas y republicanos logran superar el desacuerdo fiscal, todos saldremos ganando: estadounidenses y europeos. Si, por el contrario, el disenso permanece, unos y otros perderemos.

Tanto como el compartido destino de los miembros de la comunidad atlántica, lo que más viene a unir las consecuencias por lo que se haga o se deje de hacer, es el hecho mismo de la globalización. Que se traduce en una progresiva y galopante unidad de proceso. Sería terrible para todos no entenderlo así mientras en el Congreso de Washington se agotan los plazos.