El complejo reajuste ruso-americano

La multitudinaria conferencia de Prensa celebrada en Moscú – primera de Vladimir Putin en su actual mandato presidencial – ha ofrecido un amplio conjunto de claves para mejor entender el trazado de los desencuentros entre los que discurre la línea actual de la relación ruso-americana. Desde las actuales acciones administrativas estadounidenses contra funcionarios rusos a los que se atribuyen abusos en derechos humanos, conforme los criterios informadores de la llamada ley Magnitski (abogado ruso fallecido en una cárcel de su país, en 2009) -, replicadas por el presidente ruso con alusiones a los casos de Guantánamo y Abu Ghraib, al desacuerdo entre Washington y Moscú sobre el escudo antimisiles de la OTAN, al que Putin atribuye virtualidades invalidantes de la defensa nuclear rusa.

También ha incluido el presidente ruso en su memorial de agravios y relatorio de los desencuentros más significativos entre las dos potencias, el asunto del actual conflicto armado que padece Siria, sobre lo que ha precisado que a Moscú no le mueve un concreto interés en apoyar al Gobierno de Bashar el Asad sino la consideración de que aquello que está realmente en juego es la descomposición y fractura de Siria como nación, con todas las derivadas geopolíticas que tal cosa supondría para los Orientes Próximo y Medio.

A este respecto, tal ajuste óptico propuesto por Vladimir Putin parece que está reflejando el cambio de fondo que se ha producido en este conflicto – en el que se constata la inviabilidad práctica del régimen sirio en el corto plazo -, algo que en términos prácticos estaría llevando a la diplomacia rusa a reajustar sus posiciones políticas ante este problema, con vistas a preservar su interlocución con el nuevo poder que llegue a Damasco. Mantener la apuesta por el actual Gobierno conllevaría el riesgo de que el nuevo le desalojara de sus tradicionales posiciones navales en las bases de Tartus y Lataquia.

En cualquier caso, parece evidente que el nuevo mandato presidencial del ex oficial del KGB puede tener como proyecto más destacado el de ir al sólido cumplimiento de una nueva etapa en la ruta del ajuste de relaciones con Estados Unidos, donde el presidente Obama también entra en un mandato nuevo, y ambos encaran un ciclo histórico de crisis económica de alcances globales, a la par que se produce un salto de eje económico y político desde el océano Atlántico al océano Pacífico.

Sobre el tablero, por tanto, no sólo está la amortización del post-sovietismo en Moscú, con la propia de los problemas acarreados por éste, sino también el reajuste de las condiciones globales de poder, definidas principalmente por el emergido protagonismo económico y militar de China y por la consolidación de otros sujetos de protagonismo internacional como potencias de segundo orden.

Que Putin trae cambios en su cartera presidencial, algunos con pretensiones de imagen nueva, parece cosa evidente. Ahí está, por ejemplo, la inducida rebaja de condena de 13 a 11 años, a Mijail Jodorkovski, fundador de la petrolera Yukos y, en su tiempo de esplendor, el hombre más rico de Rusia, condenado por supuestos delitos económicos como robo de petróleo y blanqueo de dinero. Pero según la Oposición rusa la razón de la condena, junto con su socio Platón Lébvedev, no fue otra que financiar la oposición al putinismo. En cualquier caso, un pleito por la herencia – económica y política – del presidente Yeltsin, al que todos ellos, Putin, Jodoskovski y los otros “oligarcas”, ayudaron decisivamente en su toma del poder.