Tiros y fetuas contra quienes vacunan

Cinco enfermeros, cuatro mujeres y un hombre, han sido tiroteados en Pakistán mientras vacunaban contra la polio; las cuatro mujeres han muerto. Pakistán, con Afganistán y Nigeria, forman el residual trío de países en los que tal patología es  endémica, según datos de la OMS (Organización Mundial de la Salud). Los asesinatos se han producido luego de las fetuas o mensajes islámicos difundidos por los imanes. Se dice que esta campaña doctrinal y criminal resulta de la especie de que la CIA se valió de otra campaña de vacunación también en Pakistán contra distinta enfermedad. Campaña realizada en la región donde Ben Laden se encontraba escondido, sirviendo de cobertura para obtener información sobre el lugar exacto en que se encontraba el dirigente terrorista.

Podrá ser o no ser cierto que la localización del más importante criminal surgido del integrismo islámico fuera debida, efectivamente, a tal argucia de la Inteligencia norteamericana; pero aunque lo fuera, ello serviría sólo para reiterar la evidencia de que las referencias coránicas es recurso alarmantemente utilizado para la barbarie terrorista. Con todo lo que ello está significando, además, de freno estructural para el atraso de los países musulmanes en los que el terrorismo anida establemente, operando además como base y campo de entrenamiento de otros grupos pertenecientes al mismo género de delincuencia ideológica. Como lo fue en el reciente pasado, con el terrorismo japonés y con el de Eta. Nexos funcionales que acabaron teniendo su relevancia en episodios de terror registrados en Occidente, con los ataques contra los trenes de cercanías en Madrid el 11 de Marzo de 2004.

Advertida está ya la naturaleza sistémica de las conexiones terroristas actuales con el credo islámico, tanto en Asia y África como en Europa. Lo mismo que en la segunda mitad del Siglo XIX las tuvo el terrorismo político de entonces con la ideología anarquista. Pero el actual caso de Pakistán, con la violencia terrorista contra los sanitarios que vacunan – al igual que en Afganistán con su extensión contra la rebelión femenina frente a la preterición a la que someten a las mujeres determinadas lecturas del Corán en que esta preterición se fundamenta –; todo ello debiera dar pie a una reacción adecuada por parte de los respectivos gobiernos. Adecuada y suficiente no sólo por principios elementales de orden público,  porque toda esa violencia en sus diversas expresiones conforma la base principal del propio desarrollo y el mismo atraso en que tales países se encuentran.

Paradójicamente, en el propio Pakistán, donde acaban de asesinar a cuatro enfermeras que vacunaban contra la polio y donde se dan otros casos de imanes que utilizan sus fetuas o consignas escritas contra las minorías cristianas, tal como ocurrió contra una adolescente, disminuida psíquica, a la que se acusó de blasfemia contra Mahoma por haber utilizado papeles destinados a encender el fuego, entre los que había una página del libro sagrado de los musulmanes. Y aunque finalmente la adolescente acusada se libró de los cargos que tal Imán había lanzado contra ella, lo cierto es que tales aberrantes cosas ocurren en un país que es el único de todo el mundo islámico que dispone de un arsenal nuclear y sufre endémicamente la poliomielitis. Inquietantes y monstruosas asimetrías. Porque el terrorismo de allí es endémico también.