Islam, tectónica de placas por Asia y África

A Recep Tayyp Erdogan, el primer ministro de la involucionada Turquía que llama a las puertas de la Unión Europea, le molesta desde su credo religioso la división de poderes propia del sistema democrático europeo – mediante el cual llegó al poder – implantado allí por Kemal Ataturk tras desahuciar al régimen imperial otomano, derrotado en la Primera Guerra Mundial, y abrir con ello el paso a la eclosión de los Estados nacionales árabes en el Oriente Próximo. Habría que esperar después a que acabara la Segunda Guerra Mundial para que sucediera lo propio por el norte de África y otros espacios, desde la presión americano-soviética, impulsora de la descolonización que limpió geográficamente las impregnaciones islámicas residuales que procedían de un pasado varias veces secular.

Los Estados nuevos norteafricanos, resultantes tanto de la anterior derrota otomana como de la fragmentación colonial impuesta por la colonización europea, vinieron a cristalizar en regímenes nacionalistas escorados a la izquierda y resueltos mayoritariamente en las autocracias barridas a partir de la revolución tunecina. Y preciso es señalarlo ya, desde el propio Túnez al mismo Egipto, sin solución de continuidad, esa revisión traída por la ola de cambio norteafricana se viene resolviendo ahora mismo por el retorno de lo islámico a la configuración y los mensajes de los nuevos gobernantes.

Así en el Egipto electoralmente dominado por los Hermanos Musulmanes de Mohamed Morsi, al que también le molestan – como a Erdogan – las costuras divisorias de los poderes constitucionales. Lo mismo que en la Libia sublevada y vencedora del régimen de Gadafi y que en el Túnez donde los barbudos coránicos apedrean a sus aliados contra la dictadura plutocrática, y que ahora, en limitada medida, se encuentran instalados en el poder después del preceptivo proceso electoral.

Mención aparte merecen los casos de Argelia y Marruecos, donde el tsunami democrático no movió las estructuras ni alteró el discurso del poder político, aunque en uno y otro capítulo norteafricano, lo islámico también ha dejado oír su voz y sentir su fuerza. Primero – antes del tsunami democrático en la cornisa norteafricana – fue en Argelia, cuando los islamistas hicieron sentir su peso en las urnas y los militares los desalojaron, dando paso a una guerra civil especialmente sangrienta. Y después Marruecos: la mixtura ideológica de la representación política y la condición sagrada del soberano Miramamolín (Comendador de los Creyentes) ha operado como un ungüento poco menos que mágico, en cuya virtud, se ha cambiado el orden constitucional de forma tan completa que el fondo de las cosas, al cabo, se encuentra tal como estaba… Un islamista asiste a Mohamed VI como gobernante; pero no por virtud de las urnas, que también, sino por atribuciones regias que el nuevo orden constitucional ni siquiera ha rozado.

Pero ahí está el Islam. Más o menos, antes o después, como dato de infraestructura cultural y política, en todo el escenario norteafricano, el islamismo pasa factura y exige derecho de pernada en la conformación del sistema democrático; tanto que es capaz de voltearlo.

Que se lo pregunten sino a todos y cada uno de los países que se han liberado de las autocracias nacionalistas que tenían. Y el tema es que la presión de fondo, de rango tectónico por su capacidad conformadora, no sólo se deja sentir en lo formalmente político sino también en las vigencias sociales y por sus pulsiones sectarias. Pregúntese a los paquistaníes, con su democracia política socialmente sitiada por el sectarismo que asesina al personal sanitario enrolado en las campañas de vacunación contra la poliomielitis. Otros cuatro de estos vacunadores fueron asesinados ayer, lo que ha llevado a la ONU a suspender la campaña.

Desde el factor islámico opera una constante contra el progreso social y las libertades políticas, impensables sin la democracia constitucional. Estructurada sobre las garantías que dimana de la división de poderes cuando ésta es genuinamente observada y no sólo teóricamente establecida.