Castro no quiere que Venezuela cambie

No podía ser de otra manera. Está en la lógica de los propios intereses del castrismo, y en la oportunidad de expresarlo de inmediato – cuando el desenlace quirúrgico en La Habana no se abre a suficientes expectativas de éxito para la supervivencia de Hugo Chávez -, y cuando en Venezuela se celebran las elecciones a gobernadores. Un suceso político con valor de muy importante calicata para la supervivencia política del chavismo. Si a corto plazo no caben evidencias de que la cuarta intervención quirúrgica resolverá lo que no consiguieron las tres anteriores, sí resulta palmario, en cambio, que las urnas en las distintas regiones del país serán un test sobre los alientos de continuidad del chavismo en el inmediato futuro venezolano.

Por eso la oportunidad crítica de la carta enviada por Fidel Castro a Nicolás Maduro, vicepresidente primero del país y delegado de los poderes presidenciales mientras le quede un hálito de vida al caudillo bolivariano y en tanto se celebren las nuevas elecciones presidenciales, a las que Maduro se presentaría como candidato del chavismo por indicación testamentaria del causahabiente…

Esa carta que con el pretexto del Octavo Aniversario de la creación de ALBA (Alianza Bolivariana para las Pueblos de Nuestra América) remitía el Comandante de La Habana, ha coincidido con las plegarias de los devotos secuaces del chavismo en el eventual pórtico de la otra vida y en el contexto de la campaña electoral, cuyas limitaciones reglamentarias en la víspera de las urnas han desbordado con manifiesta amplitud.

De tal maniobra epistolar, puede decirse que el Comandante de La Habana ha ido a por atún y a ver al duque. No sólo se injiere en el proceso venezolano de las urnas para gobernadores, ayudando a la perpetuación del régimen, sino que lo hace por la continuidad de los beneficios económicos que el régimen chavista le reporta a la actual economía cubana.

Los grandes beneficios económicos que le suponen a Cuba los suministros petroleros cubanos, sólo encuentran parangón con los aportados en su tiempo por la Unión Soviética en pago a los ingentes servicios prestados a ésta de principio a fin de la Guerra Fría, con la organización y promoción de la actividad guerrillera en las selvas de Centroamérica y en el ámbito urbano de las repúblicas del Cono Sur, sumado a ello su contribución a la crisis de los misiles en tiempos de Kennedy y Kruschef y a la colisión de descolonizaciones en África.

Toda esa colosal participación cubana en cuantas causas y episodios tuvieron motor o apoyo en la URSS, con sus correlatos de retribución económica, ha venido a reducirse en términos epilogales, conforme un sentido y otro de aportación y retribución, al capítulo de las asistencias sistémicas al chavismo y a las muy pródigas retribuciones de éste por todo ello. En el aire queda – desde junio de 2011 – ese conjunto epilogal de simbiosis entre el castrismo y el chavismo. Las metástasis han saltado desde el maltrecho organismo de Hugo Chávez al inmediato futuro de las relaciones entre Caracas y La Habana.

Dramáticamente lógico para el castrismo es lo que su fundador dice en la carta aquí comentada. Eso de que “Los partidarios de Chávez tendrán que continuar en su ausencia”. Continuar en las relaciones y en las contraprestaciones. Muy lógico y muy humano es que el Comandante no quiera que nada cambie en Venezuela. La última palabra, sin embargo, corresponde a los venezolanos. Por más que les duela a castristas y paniaguados del chavismo.