Chávez, de la victoria al quirófano cubano

A las mismas horas que en Egipto la calle y el islamista presidente Morsi disputan una carrera a contrarreloj en la lucha por el poder, mientras se duda que haya tiempo bastante para evitar que eclosione el gran choque, la guerra civil, y en tanto por los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania cunde la anticipada celebración de su acceso a la ONU como Estado Observador, llega la noticia de que Hugo Chávez, con su impronta facial doblada por los corticoides que le administran, ha regresado a La Habana por tiempo indefinido, para ingresar nuevamente al quirófano. Resucita enteramente la incógnita del inmediato futuro político de Venezuela.

La percepción que prevalece y se impone ante quienes siguen la evolución del proceso en esa desestabilizada república hispánica, es la de que se han perdido unos meses muy importantes a la hora de asegurar sin costes catastróficos el paso de ese país a un horizonte de estabilidad, desde el ciclo de agitación y desestabilización, interna y regional, en que se ha resuelto la aventura política “bolivariana”. El cuadro no puede ser más acuciante.

La reproducción del cáncer pélvico que padece el presidente de Venezuela, detectada el pasado de octubre y en el entorno de la campaña electoral de la que salió vencedor, ha recreado de forma más profunda que en las ocasiones precedentes el consenso general de que el hecho sucesorio se va a precipitar del modo más inquietante. No será la estructura remanente de su poder un blindaje para que el cambio en la cúspide del régimen y en el vértice del Estado se produzca de forma pacífica, sino que hace temer todo lo contrario. Pues esa estructura es el recipiente y el escenario en que concurren los aspirantes a heredar el mando del todavía huésped del Palacio de Miraflores.

El problema ya se evidenció en junio del año pasado, cuando en La Habana – a dónde Chávez había viajado – primero se reveló que había sido intervenido de un tumor canceroso en el espacio pélvico y poco después se precisaría la práctica de una segunda intervención quirúrgica, en el intestino. Simplemente, había prevalecido el principio de seguridad política del régimen nodriza de la “revolución bolivariana” sobre la exigencia de una solvencia clínica suficiente, desde la cual la intervención sobre los dos focos cancerosos se habría realizado en unidad de acto…

Ocurrió entonces, ante la conmoción que produjo la información médica sobre la importancia del mal que aquejaba a Chávez, un conjunto de encontradas reacciones sobre el conjunto de expectativas sucesorias, entre las que destacó la de un hermano del presidente, gobernador de la región de Barinas; cosa que en cierto modo teñía de connotaciones de trasmisión del poder dentro un formato de patrimonialización familiar del mando político. Posteriormente, a lo largo de este año, se produjo un hecho relevante también en términos sucesorios: la designación de Nicolás Maduro, el ministro de Asuntos Exteriores, como Vicepresidente Ejecutivo, lo que no sólo confirma la extrema relación de confianza que le dispensa el caudillo bolivariano, sino también el rango de prioridad que éste concede a la preservación del populismo chavista en el mundo iberoamericano para él después de su incurable enfermedad: un cuadro clínico definido por metástasis en los huesos y, por lo mismo, de efectos físicamente invalidantes y en extremo dolorosos.

Es de notar también, desde la promoción de Maduro a la vicepresidencia – más allá o más acá de lo que ello pueda suponer de eventual designación de heredero -, cuánto tiene de peso en todo esto la dicha política regional del chavismo; muy especialmente en lo que respecta al hecho cubano. El peso sistémico de Cuba y su régimen en la Venezuela de ahora pondrá aún más de manifiesto si en el corto o medio plazo se confirma lo que parece.