Disyuntiva sobre Palestina

El apoyo en la Asamblea General de la ONU a la candidatura de los palestinos para una plaza como Estado dentro de la limitada condición de Observador, ha sido todo un reto para la diplomacia española. Está, de un lado, la posición estadounidense – opuesta a la pretensión de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) si ésta no se enmarca como desenlace de una negociación bilateral de los palestinos con Israel -; posición, esta de Washington, compartida con el propio Israel. Y está de otra parte, un juicio político, estribado en la consideración moral de que el Estado judío nunca aportó lo necesario para que tal negociación arribara a puerto.

(De suerte que en la ocasión en que el acuerdo parecía al alcance de la mano, sobrevino en diciembre de 2008 la anterior guerra de Gaza, con lo que se truncó la negociación misma. Y con ella la continuidad política del Gobierno de la señora Livni. Las elecciones subsiguientes llevaron al poder a Benjamin Netanyahu, tras un empate resuelto con el arbitraje de Simon Péres, el actual presidente de Israel).

El voto de España, favorable a la pretensión palestina, expresa de una parte la continuidad de la buena relación diplomática con los Estados Árabes; y de otra, significa la ruptura de la sintonía con Washington sobre Oriente Medio habida en 2003, con ocasión de la Guerra de Iraq, apoyada por el Gobierno de José María Aznar, conforme el acuerdo habido en la Cumbre de las Azores. Otro contraste habido entre esta decisión y aquella de entonces ha sido la expresada por el acuerdo de ahora con la Francia de Hollande y el disenso aquél con la Francia de Chirac, que previamente había hostigado los intereses de España en el Estrecho – a favor de Marruecos – con el problema del islote de Perejil.

Siendo de notar asimismo que en este asunto como, en el de Iraq, la Unión Europea ha estado partida poco menos que en dos, como expresiva prueba de que la Unión Europea se encuentra aún muy lejos de estar unida en política exterior, puesto que los intereses nacionales disienten en el plano diplomático tanto o más que en sus respectivos equilibrios fiscales dentro del conjunto de su Eurozona. Cosa que ilustra sobre el largo y complicado camino que la actual Unión habrá de recorrer en su integración hasta alcanzar las cotas federales…

Otro aspecto del mayor interés es el de las razones puntuales que en este caso del reconocimiento por la ONU del Estado palestino con el limitado rango de “observador”, han llevado al Gobierno español a definir su aquiescencia, su postura favorable, pese a que ello disuene con la buena relación diplomática que mantiene con el Gobierno israelí y en la que se enmarcan las presiones de Benjamín Netanyahu para que no se sumara a la gran mayoría de los Estados miembros de la Organización, todos con voto igual en la Asamblea General y sin la existencia en ésta del derecho a veto, como ocurre en el Consejo de Seguridad. La aspiración española a ocupar un puesto no permanente en este órgano ejecutivo de Naciones Unidas ha sido una razón suficiente para su voto afirmativo. Necesita España el voto de los árabes, de valor especialmente significativo cuando Turquía concurre con la misma aspiración.