Morsi se pliega a las masas y los jueces

Con la Plaza Tahir nuevamente a rebosar y empujando a los jueces, el presidente Morsi ha dado marcha atrás en el atajo que había emprendido. Era un disparate del mayor calibre. Aberración jurídica del más grave alcance político. El titular del Poder Ejecutivo se ha detenido al borde del abismo. Un paso más y Egipto se habría sumido en la guerra civil. Nunca más claro que nunca eso de que rectificar es de sabios.

En lo político, lo sucedido ha sido un retroceso en dos tiempos: el Partido Libertad y Justicia, la organización electoral de los Hermanos Musulmanes, había previamente suspendido la contra-manifestación de sus seguidores frente a las otras masas, que ya desde el pasado viernes se congregaban en el escenario de los manifiestos populares por el que han discurrido, una tras otra, las expresiones críticas del cambio emprendido hace 18 meses, por el pueblo egipcio, hacia la democracia política.

Materialmente ha ocurrido lo dicho, el frenazo en última instancia de quienes disponen del poder por haber vencido de modo incontestable en las urnas en esta última fase de la transición política a la democracia. Pero sólo a partir del próximo día 4 de diciembre se tendrá a la vista el cumplimiento formal necesario de la condición suficiente para entender que Morsi y los suyos, los Hermanos Musulmanes, han rectificado como procedía. O sea, plegándose al derecho conforme al criterio de los jueces; tal como procede dentro de un proceso, de la hoja de ruta que ha de seguirse para que Egipto se instale en lo que se entiende como un Estado de Derecho. De acuerdo a la ley de los hombres y no de supuesta congruencia con la Sharía o Ley Islámica, acorde con la logarítmica coránica.

Era justamente esto lo que Mohamed Morsi se había saltado a la torera en su famoso Decretazo presidencial, en cuya virtud él mismo se había constituido como poder constituyente: voluntad e iniciativa personales, conformadoras del orden jurídico-político. De suerte que el resultado de lo así arbitrado, la Ley Fundamental del nuevo Egipto, habría sido tanto como lo que técnicamente se llamó siempre una “Constitución otorgada”; esto es, no surgida en este caso de la voluntad popular de las gentes que integran la nación egipcia, sino de la concedida por quien ostenta legítimamente un poder del que graciosamente se desprende…

Y en verdad que las cosas do debían ser así ni mucho menos. Esa no era la vía correcta para el proceso constituyente mediante el cual pretenden los egipcios gobernarse con garantías de libertad para decidir su futuro. Son ellos, desde su voluntad soberana, el fundamento y la base del propio proceso constituyente. Lo otro, lo que el presidente Morsi pretendía, haciendo caso omiso de los mandatos y limitaciones decantados desde el derrocamiento de la autocracia de Hosni Mubarak, tenía mucho más de golpe de Estado, de apropiación del poder para los suyos como comunidad de creyentes, que de cualquier otra cosa.

De no haberse operado la rectificación, esos 400 heridos y dos muertos resultantes ya en los choques entre los seguidores suyos y sus aliados salafistas con las formaciones políticas laicas en su plural distribución, habría tanto como el prólogo de la guerra civil entrevista por Mohamed al Baradei, el premio Nobel de la Paz que había dirigido la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) en momentos críticos y recientes de la Historia Contemporánea, y que ahora encabeza una de las formaciones liberales de su patria egipcia.

No sería arbitraria la consideración de que en la marcha atrás de Morsi ha podido pesar tanto la presión como el consejo de la diplomacia estadounidense. Hay una relación de alianza entre El Cairo y Washington que ha de preservarse, y un Tratado de Paz con Israel que no debía naufragar en el tumulto sangriento de una guerra civil.