La gran colisión egipcia

Nunca a lo largo de los violentos episodios que han jalonado el proceso egipcio de cambio durante los últimos 20 meses, se había alcanzado un nivel de polarización, un grado de enfrentamiento entre los dos mundos que entraron en colisión tras del cambio revolucionario, escenificado en la plaza cairota de Tahir. Proceso que determinó la caída del régimen nacionalista del presidente Hosni Mubarak y la afloración, desde la legalidad revolucionaria, del islamismo de los Hermanos Musulmanes y los Salafistas. Éstos, vencedores en las urnas electorales, han prevalecido en las diferentes etapas constituyentes del nuevo orden.

Y lo han hecho a través de un proceso desplazamiento de las fuerzas laicas y liberales, por medio de una sistemática de apropiación de competencias y poderes; lo que ha culminado días atrás con un megadecreto presidencial, mediante el que Mohamed Morsi, desde la Jefatura del Estado, ha establecido su propia autoridad sobre todos los poderes del Estado, subordinando por tanto, desde el Ejecutivo que él representa, al Legislativo como al Judicial. Un acabado y completo modelo de dictadura personal y constituyente.

Para este martes se han autoemplezado, en la Plaza Tahir, los islamistas y sus opuestos en apoyo de los respectivos y antagónicos puntos de vista sobre cómo debe cursar tanto el presente como el devenir del país. Unas entrecruzadas convocatorias que tenían su prólogo en los choques de la víspera con la muerte ayer de un muchacho de 15 años perteneciente a la facción islamista. Tienen las gentes sublevadas, con el Órgano Supremo del Poder Judicial como motor contra la totalitaria iniciativa presidencial con su decreto. Iniciativa respecto a la cual precisaba Morsi a última hora que se trataba sólo de una medida provisional para asegurar la tarea de acabar la construcción del nuevo sistema político. Es argumento, como cabe advertir, que sintetiza y resume los términos en los que mentalmente se ha cocido su inmensa arbitrariedad islamista.

La excusa presidencial no vale de ninguna de las maneras, pues lo que se encuentra tras de esas “medidas provisionales” no es otra cosa que la culminación del sometimiento de la legalidad política civil a los términos de la Sharia o Ley Islámica. De ahí a declarar como blasfema a la disidencia política no habría nada más que un paso. Está más que sobrada de razones esa resistencia civil a las plenarias atribuciones constituyentes que se ha irrogado el presidente Morsi.

Desde tales mimbres cabe temer todo lo peor en términos de colisión entre unos y otros. Mohamed al Bardei, el ex director de la Agencia Internacional de la Energía – que fue candidato en las elecciones parlamentarias dentro del arco de las formaciones civiles en pos de una democracia parlamentaria – figuraba ayer entre quienes, con sobrada razón, temen que el proceso egipcio, más allá de lo que hoy pueda ocurrir tanto en El Cairo como en Alejandría o Port Said, acabe desembocando en una guerra civil entera y verdadera. El choque de los jueces contra los islamistas que pretenden instaurar un sistema islámico en Egipto reúne todas las características y potencialidades de los problemas colectivos que desembocan en una guerra civil. La gran colisión egipcia, como vaticina Al Baradei, puede estar a la vuelta de la esquina.