De Tahir a la teocracia

Si el Estado en el Egipto posterior a la revolución democrática fuera un estar, un consistir todavía institucionalizado del poder político – aunque en un fluir inestable de sucesos escritos en el agua del Nilo-, el último decreto presidencial de Mohamed Morsi, llevándose a su zurrón califal los enteros poderes del sistema político sobrevenido, podría decirse que allí ocurre ahora algo que va más allá de un golpe de Estado convencionalmente entendido. Califican los jueces egipcios de “agresión sin precedentes” ese decreto presidencial que, en puridad, no es otra cosa que la base jurídica para la instauración de una teocracia.

Cuando Morsi dice en su discurso que las decisiones suyas son “inapelables y definitivas”, por encima de los poderes y legitimidades emanados de las urnas y sostenidos por ellas, el presidente no sólo no está mirando o considerando la voluntad popular de la que se ha servido para poderlo materialmente proclamar, sino que está anunciando el advenimiento de otro orden que el democrático y nacionalista que el representado por Mubarak. Lo ahora abocetado por Morsi es el orden y sistema instituido por Mahoma en el Corán para dirigir la vida religiosa de sus seguidores y organizarles la vida colectiva para llevar por el mundo adelante, con la punta de la espada, la fe que les anuncia. El imperio de la Sharia o Ley Islámica.

El delta formado en su desembocadura por las aguas de la revolución democrática, brotada en Túnez por una bofetada muy gravemente inicua – que abrió la caída en cadena de todas las autocracias nacionalistas del norte de África – , ha florecido en Egipto y fructificará en principio, después, en una teocracia que dejará poco menos que en estricta broma laica aquella otra que el Imán Homeini impuso en Irán hace 30 años. La teocracia de los persas, al menos, se declara tributaria de las urnas cada cuatro años, aunque la ritualidad democrática sea cabalgada siempre que procede por la ley del pucherazo, como ha sucedido para imponer la actual presidencia de Mahmud Ahmadineyad, definido en su idoneidad por Alí Jamenei, el Líder Supremo de la Revolución.

Con todo, el proceso formalmente incoado en Egipto por el presidente Mohamed Morsi en nombre de los Hermanos Musulmanes, habrá de encajar la reacción adversa no sólo de los jueces y de las fuerzas no islamistas de la Oposición, que habrá de mostrar este martes en la Plaza Tahir – el escenario de la protesta que llevó a la caída del presidente Mubarak – su capacidad de convocatoria y la fuerza de su proyección frente a la movilización de apoyo a Morsi por las masas del islamismo encuadradas en el ancho y sólido frente de la Fraternidad Musulmana. Una fuerza sin cuyo peso en las urnas presidenciales no estaría Morsi donde está, convocando a las masas islamistas, con y sin barbas, a secundarle en la marcha a la conquista plenaria del Estado.

Hora es ya también para detenerse a considerar la gravitación que tendrá en la entera cornisa norteafricana la casi segura constitución junto al Nilo del “Califato suní de Egipto “, en su inmediato reflejo sobre la guerra civil de Siria, con la minoría aluí gobernante ( subsecta del chiísmo) a la que pertenece el presidente Asad, además de lo que incida en todas las proyecciones de este otro Islam en todos los Estados del Medio Oriente, desde el gigante iraquí al mini Estado de Bahrein y al propio gigante iraní, enfrascado en el desafío al mundo con su aventura nuclear con las Armas de Destrucción Masiva.

Asimismo es necesario considerar el cambio de la identidad política del poder en Egipto dentro de las relaciones de El Cairo con Washington, tan especialmente constreñido ahora al ejercicio sistémico y omni-comprensivo de su pragmatismo, habida cuenta el éxito de mediación en el problema israelí de Gaza pese a la tutela que Teherán mantuvo hasta ahora con el Gobierno de Hamás. Los amagos teóricos del cambio en el Estado egipcio plantean, a partir de la interrogante primera sobre su final consolidación, todo un abanico de preguntas sobre su repercusión sobre la política occidental en el Próximo y Medio Oriente. Y también, desde otra perspectiva, sobre la instalación de la musulmán en los Gobiernos de Turquía, a despecho de lo que fue la revolución laica de Kemal Ataturk. Amén de las relaciones con el Estado Judío, empotradas en un Tratado de Paz.