A cara de perro en Bruselas

Ni son uno ni son dos, tanto en un bando como en el otro. Tanto Monti como Rajoy han dicho ya que se plantan frente a la reducción de los Presupuestos d la Unión Europea en los términos anunciados por Van Rompuy el presidente del Consejo. Y sin tener que decir nada hasta el momento por el presidente Hollande, sabida es la prioridad estructural que para Francia también tiene mantener la defensa de su agricultura. Al otro lado de la raya, Alemania/Holanda y sus acólitos del Norte, a los que se incorpora el Reino Unido. Aunque no queda ahí la cosa en las posturas opuestas conforme los respectivos intereses.

Está por otra parte lo que podría llamarse el “frente institucional” de la UE, con la Comisión y el Parlamento, que tampoco están por la labor de que se aplique el recorte presupuestario en los términos voceados por Rompuy. Sólo faltaba al amargo paquete de los recortes a que están constreñidos los países del arco mediterráneo, que se les venga a sumar el brutal gratinado de dificultades y penurias que resultaría de la adición de tal terapia restrictiva, no sólo por el peso económico de la reducción, cifrado en los 80.000 millones de euros, sino, muy principalmente por razón de las materias a que se aplican las restricciones presupuestarias.

El principio de solidaridad desde el que se debe considerar el peso de la agricultura en cada uno de los frentes nacionales que colisionan en este debate, es cosa que los hiperbóreos, de momento, se han pasado sin esmero alguno por el mismísimo arco de triunfo. Abundan los rubros o capítulos a los que, alternativamente, se habría de aplicar la reducción de la dieta presupuestaria, desde los gastos devengados por la hipertrofia burocrática de la Unión a los que resultan de funciones tan prescindibles, por ejemplo, como la desempeñada (¿) por la señora Ashton, cuya levedad personal corre pareja a la del sentido de un menester en la política internacional de un aparato que no tiene tras de sí el concreto peso de una soberanía, cosa esta a la que se habrá de llegar el día que la Unión Europea cristalice en Federación política de los Estados miembros.

No se sostiene en modo alguno, más allá incluso de la desorbitada reducción presupuestaria para un periodo de siete años, la premisa sistémica que soporta ello. Es decir, la desconsideración cultural y supraeconómica que se tiene para la agricultura, de peso tan preferente para las naciones del sur y del Este de la Unión Europea. Otra cosa sería que las asignaciones presupuestariamente aplicadas a este capítulo lleguen acompañadas para lo sucesivo de un marco de control sustancialmente mejorado, para que los caudales comunitarios así canalizados no sufran desviaciones ni en su aplicación ni en su sentido.

Lo que no cabe en modo algo alguno es desentenderse, por parte de Alemania y de su orquesta, de la genuina realidad de Europa, en la que la agricultura tiene una relevancia sociohistórica muy concreta y determinada que no cabe ignorar olvidándose de cómo fue entendida y considerada al iniciarse el camino de la unión económica y de la integración política de Europa. Tras del carbón y del acero quedaba por recorrer lo más largo del camino. En fin, que a lo que se ve, la importancia de la agricultura en el futuro de la UE es mucho arroz para tan poco pollo político picoteando por Berlín y Londres.