La rueca de la señora Clinton

Mientras se especulaba con la hipótesis de que después de la tregua incumplida – luego de haber sido de algún modo pactada por las gestiones habidas en El Cairo – Israel se decidiría en las próximas horas por otra tregua de tipo unilateral, la secretaria de Estado norteamericana, Hilari Clinton, seguía llevando hilos y trazas a su rueca tras de las sucesivas entrevistas, desde su llegada a la zona, con todos y cada uno de los responsables políticos de la región – exceptuado Mohamed Haniya, líder de Hamás y señor de Gaza -. Luego de verse dilatadamente en Jerusalén con Benjamin Netanyahu, jefe del Gobierno israelí, y de haber hecho lo propio en Ramala, con el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás, había viajado la señora Clinton a El Cairo para verse también con Mohamed Morsi, presidente islamista de Egipto.

No se ha producido en términos formales la iniciativa unilateral israelí sobre la tregua, pero lo habido con el acuerdo con Hamás es consecuencia de la aceptación por Netanyahu de la pretensión de la Casa Blanca de que se dispusiera una mayor habitabilidad de Gaza, por mejora de sus condiciones materiales de vida. Algo que llevaría posiblemente al levantamiento del embargo, cosa que vendría acompañada del cese de los lanzamientos de misiles por parte de los milicianos de Hamás. O sea, dos cosas incompatibles hasta ahora según el Gobierno de Israel, puesto que el levantamiento del embargo habría de llevar, poco menos que automáticamente, a que los milicianos pudieran disponer de los envíos de cohetes iraníes… Un análisis, éste de Netanyahu, que no se sostenía porque los misiles nunca dejaron de llegar a Gaza pese a la existencia del tal embargo.

La presión suficiente para que Israel fuera a la tregua, cesando así también los bombardeos judíos de los puntos de lanzamiento de los cohetes, no podía ejercerse desde ningún punto que no fuera Washington: fuente de autoridad internacional de la que es portavoz y agente mayor la directora de la diplomacia norteamericana. Pero que hubiera sido inútil a efectos prácticos y para la pacificación perseguida sin la cooperación agente del actual Gobierno egipcio, con capacidades bastantes para avalar el compromiso del poder de Hamás de cesar el lanzamiento de cohetes contra el espacio físico de Israel.

Pero preciso es señalar en este sentido que la cooperación egipcia a la salida de este trágico embrollo en Oriente Próximo tiene su base en dos órdenes de interés nacional del país de los faraones. Es uno de ellos el que responde a las propias necesidades de la economía egipcia tras de los ruinosos costes que ha supuesto la “primavera democrática” desencadenante del cambio de régimen político en el país, ya que esa revolución arruinó el turismo internacional: una de las fuentes principales de su economía. El otro orden de interés egipcio se corresponde con el rescate de su condición de potencia regional, y dentro de ello, en muy principal manera, el restablecerse como disuasión y freno ante las pretensiones iraníes de prevalecer, como poder regional, a expensas el mundo árabe en el Oriente Medio.

Tenía Egipto, por tanto, razones sobradas para cooperar con la política exterior norteamericana, que pasa por la protección de Israel y por la presión sobre Irán a causa de la política nuclear de la teocracia gobernante en Teherán. Cabía pensar por eso que las gestiones de la señora Clinton en la actual misión disponían de buena, sólida y suficiente base.