Bailando con tigres, en Palestina

Es principalmente por El Cairo por donde se ha encontrado la maroma con que parar y frustrar la embestida de la guerra plenaria (otra vez) entre Israel y Hamas. La ecuación respecto de entonces (2008) ha cambiado de diseño. Las fuerzas israelíes de su Ejército de Tierra permanecían desplegadas frente a la raya de la Franja: si en un breve plazo de algunas horas, quizá uno o dos días, Hamas no entraba por el alto el fuego – necesario y previo para la negociación de la tregua, cantada para la medianoche de este martes – los carros de combate y la Infantería, precedidos de un nuevo y suficiente planchado de la Aviación, repetirían lo realizado en el invierno de cuatro años atrás. Volvería la guerra entera y verdadera con el crecimiento exponencial del número de bajas civiles.

Es algo que nadie quería. Ni en Gaza ni es Israel ni, al parecer, en ninguna de las sedes internacionales de poder. Quizá con una sola excepción: la República Islámica de Irán, que era la única beneficiaria de la superada situación. Mientras Israel estuviera maniatada en el actual conflicto de Gaza, se estaría en el tiempo en el que Israel no podría centrarse en la idea de un ataque preventivo contra la carrera nuclear de los iraníes, instalados ya en la capacidad crítica para enriquecer el uranio suficiente con que fabricar la bomba A. Son cálculos, los de esta capacidad, realizados en su último informe mensual por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

Por eso han estado en Oriente Próximo durante las últimas horas representaciones de los poderes globales y de los regionales; comenzado los primeros por la Secretaria de Estado, señora Clinton, enviada desde la Casa Blanca, y concretamente en El Cairo, por el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, junto con los Gobiernos más representativos o concernidos en el problema del conjunto de Estados integrantes de la Liga Árabe.

Sumándose a tales presencias, pesó también el contenido de los mensajes sobre el problema de la Franja de Gaza remitidos “erga omnes” (para todos) desde Pekín y desde Moscú: actores integrados en este concierto internacional, que no ha sido sólo coral en la propia medida que las respectivas posturas, temáticamente convergentes por razón de la materia, han sido divergentes por la naturaleza de los intereses respectivamente representados.

El discurso de Putin, como siempre en las cuestiones de Oriente Próximo y Medio, es el que oficia de contrapunto, de propuesta alternativa, al de Washington. Pues está ceñidamente conforme a la idea de restaurar el diseño de poder global que en su tiempo más alto fue el propio de la Unión Soviética. (No puede entenderse de otro modo conforme el análisis de Bardief sobre los ingredientes del sovietismo: mesianismo ruso y marxismo-leninismo. Quitado éste queda aquél, por entero, bajo expresión nacionalista).

A la espera de que durante la media noche el Gobierno israelí ratifique su conformidad con los resultados sucesivos del alto el fuego y la tregua, toca felicitarse por la solución alcanzada, posible en muchos sentidos por la hibridación de fidelidades de que ha hecho gala el presidente islamista Mohamed Morsi, cuyo compartida (con Irán) comprensión de Hamas, se ha cohonestado con la aquiescencia debida a la ayuda económica que Egipto recibe de Washington. También cabe decir, llegados a este punto de la tregua, que durante los últimos días la paz del mundo estuvo jugando con tigres en Palestina.