Alianza contra el coma inducido

La demanda hispano-italiana de que se pongan en marcha inmediatamente los mecanismos europeos para llevar el crédito y el crecimiento económico a España e Italia, junto a la expresa reticencia conjunta a la idea expuesta por Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), del Supercomisario que supervise los Presupuestos de las naciones de Europa, trae muchas de las notas y perfiles que se necesitan para entender o concluir que el eje entre París y Roma está incurso en un proceso de cristalización suficiente.

Suficiente para afirmar que Berlín debe abrirse a otros géneros de interlocución dentro de la Unión Europea; especialmente si junto a la sintonía hispano-italiana cuaja también – como parece que así será – el encaje francés de lo que puede resultar en fecha no demorada un coro del Euromeridión. De la Europa esencialmente exenta de las brumas hiperbóreas, tal como decía Don Marcelino Menéndez Pelayo.

Menos la compartida reticencia de Mario Monti y Mariano Rajoy frente a la idea del Supercomisario – que en el contexto actual sería tanto como poner albarda sobre albarda de los rigores-; más allá del debate de un tema nítidamente aplazable, el meollo de la definición conjunta frente a Berlín ha sido el formato de urgencia con que se ha planteado esa activación de los mecanismos europeos que lleve al crédito y el crecimiento de las economías nacionales de Italia y España. Expresa tanto lo que se exige a los guardianes de la sacrosanta estabilidad, que cabe llamarlo, como en la cabecera de esta nota se hace: “alianza contra el coma inducido” en que se encuentran las respectivas economías nacionales de los demandantes.

La estrategia clínica a que siguen sometidas las economías de España y de Italia tiene inquietantes semejanzas como la situación de dos enfermos que pese a los progresos clínicos habidos en el tratamiento al que se les sometió, induciéndoles sendos estados de coma para economizar el empleo de los escasos recursos orgánicos disponibles, se les sigue aplicando el mismo régimen reductivo aun después de haberse verificado el restablecimiento de los parámetros clínicos precisos para la recuperación de los enfermos.

Traducido a términos reales, lo que resulta ahora es que mantener todavía el inducido coma – que no es sólo económico sino también social y político – lleva directamente al riesgo de que se necrosen los propios cimientos de la convivencia nacional en los países envueltos en esa suerte clínica de congelación de todos los metabolismos y procesos vitales. Siendo además lo cierto que en términos de la disciplina presupuestaria, ese reducto alemán de la estabilidad incumplió en 2003 – junto con Francia – esa misma pauta exigida ahora a los demás.

No es razonable ni prudente que Berlín y sus satélites monetarios se demoren en el mantenimiento de esa cantinela envuelta en celofanes de virtud política, puesto que se hace más evidente cada vez el hecho de que el coma inducido que se aplica clínicamente a terceros con estatura económica de dimensiones críticas, se traduce en un beneficio ilegítimo para ellos en términos de prima de riesgo. Algo que rebota en lucro de los guardianes de la disciplina fiscal. Pues obtienen renta y ventajas ciertas, financiación gratuita, al ingresar, como huéspedes de su seguridad, los capitales que huyen del riesgo inducido y generado con la perpetuación del coma que se administra a las economías principales del Euromeridión.