En clave de marcha atrás

La declaración del portavoz del Gobierno de la Generalidad de Cataluña en el sentido de que oclusión del horizonte europeo para una eventual adhesión del Principado como Estado miembro de la UE, significaría tanto como el reconocimiento de la imposibilidad de la independencia catalana en los términos que ha sido propuesta. Dicho y entendido de otra manera: Artur Mas incluye ahora una marcha atrás en su motorización del proyecto secesionista respecto de la adhesión de Cataluña a la UE como nación y como Estado.

No es manca la novedad. Aunque menos que en el fondo todo estuviera claro desde un principio. De ninguna de las formas cupo nunca pensar que el sueño soberanista plenario fuera viable. La adhesión a la Unión Europea de un socio nuevo necesita el consentimiento de todos los Estados miembros de la misma. Y el voto del Estado español sería un valladar infranqueable. Ni siquiera en el supuesto de que el principio de unanimidad en la UE fuera sustituido por el de mayoría simple, cabría la posibilidad de que Cataluña se le pudiera aceptar en Bruselas. Ninguno de los socios, por la lógica coherencia de su propia integridad nacional, transaría con la posibilidad de una cosa así. Sería cosa de locos.

Entonces, estando tan claras las cosas, ¿por qué el indecente follón montado por Mas con el solo soporte del gentío reunido al hilo de la última Diada, cuyo coste y base de financiación sería más que conveniente averiguar? Aunque por encima de ello estaría el importe de los daños que en términos de encarecimiento de nuestra prima de riesgo ha supuesto esta fantasmada de campaña independentista, cuya rectificación parece haber comenzado ahora conforme la citada declaración del portavoz.

Sólo la catastrófica magnitud del fracaso gestor de los nacionalistas y socialistas del PSC, junto a la necesidad electoral de cubrir las vergüenzas del histórico desaguisado, explicaría el viaje a la nada practicado por las fuerzas políticas suscribientes del Pacto del Tinell: indecente acuerdo firmado ante notario por el que se quiso marginar en el ostracismo al Partido Popular.

De forma implícita, lo que viene a demostrar ahora el canto de la gallina soberanista, al reconocer que la idea de que Cataluña formara parte de la Unión Europea encarna poco menos que un imposible metafísico, es la certeza de que estamos ante el derrumbe de la pantalla con la que se ha pretendido tapar el inmenso desaguisado gestor de los gobernantes nacionalistas y de sus socios socialistas. En este sentido no deja de tener interés la hipótesis de que junto a los gastos originados por las “embajadas”, “consulados” y las fantasmales cátedras de catalán en numerosas naciones del exterior –nutridas por paniaguados del mundo tripartito-, especialmente en universidades norteamericanas, hay que sumar los enormes recursos aplicados a la catalanización de las Autonomías valenciana y balear dentro de un aberrante signo “imperialista”. Basado todo en un largo y sostenido proceso de falsificación histórica sobre el origen de las respectivas lenguas, apoyado en la interpretación errónea del “Llibre dels Repartiments”, encontrado por un tal Bofarull, a mediados del Siglo XIX, en el Archivo de la Corona de Aragón. Un asunto éste sobre el que puede ilustrar a todos el profesor Ubieto Arteta.