Boca Ratón, debate para el desempate

Justo cuando por Beirut arde el último eslabón de la cadena del chiísmo sirio-iraní, tras del atentado al coche/bomba en que murió el jefe de los servicios de Información de la seguridad libanesa – tras desmontar éste una conspiración terrorista de ese mismo origen preparada para el rebote plenario en Líbano de la guerra civil en que se encuentra sumida la Siria alauita del régimen de los Assad -; en el preciso momento en que este conflicto alcanza su punto regional más crítico, al llegar a un nivel de tensión casi insostenible las relaciones entre Damasco y Ankara por causa de los incidentes fronterizos derivados de la guerra en Siria, y cuando la Casa Blanca ha tenido que salir al paso, para desmentirla, de una información publicada por el “New York Times” en el sentido de que la diplomacia del presidente Obama comisionaba gestiones para una negociación destinada a desmontar la escalada extrema entre Washington en particular y Occidente en general con la República Islámica de Irán, precisamente en el contexto de una situación así, de ignición diplomática, en Oriente Próximo y Medio, se encontraban ayer el presidente Barack Obama y el candidato republicano a la presidencia Mitt Romney en Boca Ratón de Florida, para el debate del desempate, destinado en esta ocasión a la política exterior de Estados Unidos.

La imputación que desde el sunismo libanés se hizo a Siria de estar detrás del atentado, también al coche/bomba, que hace cinco años se llevó por delante al primer ministro Jariri, se ha venido a reproducir en esta ocasión tanto en el plano político como en el intrincado escenario donde se entremezclan las zonas en que libaneses suníes y chiíes se encuentran asentados, al igual que los núcleos cristianos – que en un tiempo inicial eran demográficamente mayoritarios aunque la poligamia permitida entre los musulmanes los relegaron en plazos relativamente cortos a la condición de minoría -, llevando ello a un género de conflictividad, muchas veces armada, que bosqueja un cuadro de guerra civil de cualidad multipolar, aunque no sólo por el factor religioso sino también por un dato político tan determinante como el de la nacionalidad de los protagonistas, como ha sido históricamente el caso de los palestinos allí refugiados – con episodios como las masacres de Sabra y Chatila – y, a su vez, con la división religiosa entre éstos, que vuelve a replicar en su seno los antedichos disensos existentes en la nación libanesa.

El lío resulta así sumamente intrincado, faltándole nada para que el fuego libanés se encienda si el régimen de Damasco aplica a la mecha el fuego de su propio conflicto intestino, tal como Bashar al Assad advirtió, queriendo disuadir a quienes desde Occidente apoyaban a los rebeldes, qué podría ocurrir durante los primeros momentos de la rebelión armada en su país.

Pero no será sólo Líbano el único asunto del mundo árabe y musulmán llamado a estar en la mesa del debate en Boca Ratón. También pesará lo sucedido en Bengasi con el asesinato del embajador norteamericano en Libia junto a tres de sus funcionarios, lo mismo que la conducción diplomática del pulso con Teherán, sin poder vadear la resistencia ruso-china a que el Consejo de Seguridad de la ONU permitiera una presión suficiente sobre la República Islámica de Irán para que ésta saliera de su ruta supuesta hacia las armas nucleares… Esos y otros atolladeros en los que se debate la diplomacia norteamericana componen el menú que han de despachar los dos candidatos, de suerte que sobre el papel está sentada la posibilidad de que la política exterior sea materia poco menos que también determinante en el estado de opinión que presida el voto del día 6 de Noviembre.