Europa: integración y nacionalismos

Pretende oficiar este comentario de hoy como coda a los que se hacen sobre los resultados de las elecciones autonómicas celebradas en la Comunidad Autónoma Vasca y en Galicia. Y desde la perspectiva de las que se celebren dentro de un mes en Cataluña.

Ese muy fino político que es el tecnócrata Mario Monti, instalado en el Gobierno de Italia y parte de una entrevista Tripleta latina (París, Roma y Madrid), acaba de sugerir días atrás en Bruselas un debate para la UE sobre el auge de los independentismos en Europa. Lo hizo durante la última Cumbre, donde Alemania ha devuelto en régimen de “passing shot”, en plazos de contraataque, lo que la Tripleta había conseguido en la Cumbre precedente: más o menos que para ya mismo, la recapitalización de los Bancos no computara como deuda del Estado.

Aunque sobre el papel no parece que tenga nada que ver una cosa con la otra, la capitalización de los bancos con la descapitalización de la unidad nacional manifestada a distintas bandas. De una parte, con las elecciones municipales en Bélgica, donde el nacionalismo flamenco ha progresado en las urnas con su mensaje contra el Estado de la UE de más bajo perfil unitario dentro de la Unión Europea (hasta el punto de que la Corona no lo es de Bélgica sino de los belgas, idiomáticamente y algo más escindido). Pero ocurre algo parecido con los nacionalistas escoceses y, en España, con el nacionalismo catalán y el nacionalismo vasco.

En lo planteado por el Primer ministro italiano, parece advertirse una carga de ironía reticente contra la canciller de Alemania. La rigidez de Berlín, esa falta de cintura merkeliana en lo tocante a la necesaria política de ajustes, no deja de generar daños colaterales en lo económico, lo social y lo político; dinámicas adversas a la cementación interna de la estructura nacional de los Estados miembros de la Eurozona y, por ende, de la Unión Europea en su entero conjunto.

Ocurre que la profundidad de la crisis ahora cursante es tal que afecta a las bases mismas en que reposan los equilibrios internos de los propios Estados nacionales; algunos (exceptuados los de la reciente reformulación Centroeuropea y balcánica, que puede decirse que son de ahora mismo) de reciente factura, como Bélgica y Grecia, y otro, el británico y el caso de España, que es en el ámbito europeo el de más antigua fundación.

A estos Estados y sus sociedades nacionales, sumidos en el síndrome del perro flaco, todo se le vuelven pulgas. En la sistémica y sobrevenida debilidad, por exceso de receta alemana merkeliana en sus tempos terapéuticos, en la cadencia y dosificación de los ajustes, puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento. Y el suceso tanto puede afectar a la fluida estratificación económica de la sociedad como a la placa tectónica e histórica sobre la que reposa el Estado.

A las elecciones municipales en Flandes dentro del dicho sentido soberanista reclamado por los flamencos, se había venido a sumar el suscrito protocolo entre el Gobierno británico y la representación del nacionalismo escocés para una consulta que tendrá que verlo todo en lo que respecta a la descentralización administrativa de su territorio y nada que ver con la independencia soberana que el nacionalismo catalán ofrece para las urnas del 25 de Noviembre. Una propuesta en forma de bandera independentista con la que taparse de la enorme magnitud de su fracaso gestor en la Autonomía de Cataluña.

Un propósito el del Principado al que conviene la concertación sinérgica con las pretensiones del nacionalismo vasco – en su formato democrático y en su genética terrorista de expresión en suspenso -, y que explica los pactos de colaboración entre uno y otro separatismo. Sintonías que en el caso catalán no son sólo del Gobierno de ahora, con Artur Mas a la cabeza, sino que se remontan a los tiempos previos del fracaso tripartito, en el que su entonces vicepresidente Carod Rovira, en el Perpiñán de “El último tango” (para españoles), negoció no se sabe qué con los terroristas vascos de Eta encabezados por Ternera. Por cierto que Mas anunciaba este fin de semana que la fecha de su apuesta en las urnas por la independencia, dependerá de la base electoral de adhesión que le otorguen las urnas del 25 de noviembre.

Cuando en la UE se habla más fuerte de integración de las soberanías nacionales de los Estados que la componen, más se agitan por aquí y por allá quienes en el seno de éstos demandan la disgregación. Eso es lo que se llama estar a la altura de los tiempos.