Esgrima de plazos en la Cumbre Europea

De nada ha servido el encuentro en Bucarest de Mariano Rajoy y Angela Merkel, durante la convención del centroderecha europeo en Bucarest, a propósito de las certezas buscadas por España respecto de las condiciones a que se habría de someter su más o menos virtual rescate. Se trata de un extremo, este coste de condicionalidad, muy relevante para la decisión que se tome en el sentido que sea, positivo o negativo.

Poco menos que no dándose por enterada, la canciller alemana horas después, en una comparecencia en Berlín ante el Parlamento Federal, decía que sólo España por si misma debe decidir sobre la demanda de tal auxilio. Ha sido toda una exégesis del método Ollendorf. “Tú preguntas lo que quieras y sobre lo que quieras y yo responderé lo que me dé la gana en aquello que se me ocurra o antoje”.

Tal precisión ante el Bundestag estaba acompañada, eso sí, de una referencia a la probidad con que España se aplica a sus reformas. Manifestado ello en un paralelismo nada pertinente sobre la evolución favorable de Grecia en el cumplimiento de sus compromisos. Arrollando tales compromisos a esas horas con la quinta huelga general que soporta el país helénico durante el presente año; con desenlaces de violencia callejera, la muerte de un manifestante y una exhibición de coctelería Molotov en Plaza Sintagma, frente al Parlamento griego, por parte de los grupos antisistema. Componentes de la última Internacional acreditada de curso europeo.

En Berlín, antes de viajar luego a Bruselas para asistir a la celebración del Consejo Europeo, Merkel adelantaba texto y contexto de éste al rebajar las expectativas de recapitalización directa e inmediata de la banca mediante el fondo de rescate de la UE, reclamada por España. Será ello a medio plazo. Sólo le ha faltado declarar que urgir es de mal gusto y que lo más propio en este trance reconstituyente de la moneda única y su Eurozona es dejar poco menos que se pudran los acuerdos al respecto habidos en la cordillera de cumbres y eurocomicios habidos a lo largo de este año.

Administra Alemania así los temas y los debates sobre el cuándo, el cuánto y el cómo de los ajustes. Midiéndolo todo en plazos diferibles a propia conveniencia. Y así, con esa misma solfa reclamaba también Merkel desde Berlín, como si fuera asunto de ordinaria administración, la adjudicación de más competencias al comisario de Asuntos Económicos. Hasta el extremo de poder vetar los Presupuestos nacionales de los eurosocios. Una potestad para el Comisario Rehn que le instalaría – o le instalará ya – en el propio vértice de la soberanía económica de cada uno de los Estados miembros.

La diferida atención aplicada a las pretensiones españolas de que se dé con la fórmula que concilie la disponibilidad – que no el automático libramiento – de unos fondos diríase que de emergencia, con el conocimiento de los costes económicos y políticos que ello implicaría – necesario para evaluar si conviene o no hacer uso de esa suerte de póliza -, supone un diktat difícilmente asumible. Tanto en sí mismo para el caso español como para el italiano. Sin saberse a estas horas si Mario Monti vuelve o no vuelve a sumarse a la presión española.

En verdad, esa cuenta alemana, casi de displicencia, forma parte de un rosario de autoritarismo que convierte el liderazgo alemán del euroconcierto monetario en una arbitraria píldora cada vez más difícil de tragar.

Mientras Mario Draghi, el presidente del BCE (Banco Central Europeo) permanece bloqueado para ponerle el cascabel al gato de la prima de riesgo, por la resistencia alemana a la pretensión española sobre el modo de sustanciar la negociación del rescate, quizá la entrevista eventualidad de un Gobierno de coalición en Berlín tras las elecciones en la próxima primavera, propiciaría el relanzamiento – por interna convergencia en el Bundestag – del eje franco-alemán. Con todo lo que ello arrastraría de combinación de recetas que permitiese abrir ventanas de oportunidad para acabar con la recesión -degenerable ya en depresión – y columbrar el crecimiento económico y la distensión social en Europa.