Crisis del euro, tectónica de placas

La sísmica violencia de las protestas en Grecia, con 50.000 manifestantes por las calles de Atenas contra los nuevos recortes para un ajuste presupuestario de 13.500 millones, no ha logrado que la coalición gobernante en el país alcanzara un acuerdo de principio: algo que presentaba como poco menos que metafísicamente imposible, a despecho de la dureza sin marcha atrás por parte de a Troika al establecer una adición por rigor de tales proporciones como requisito para que los griegos pudieran beneficiarse de un rescate adicional.

El conflicto y la tensión entre lo que a Grecia internacionalmente se exige y lo que representa la casi extinta capacidad de la población para seguir aguantando la dureza de la purga económica y el dolor social subsiguiente. Algo que llega en su penetración y afincamiento extremos hasta los propios niveles de la placa tectónica, justo donde se gestan los grandes terremotos capaces de barrer e incluso borrar los escenarios sociales y económicos.

Así de brutal parece comparecer y definirse más allá de lo griego, la gravedad de la crisis del euro, haciéndolo dentro de plazos y de tramos sucesivos, aunque interdependientes unos y otros. Como es bien sabido por todos, se trata de un problema sistémico del euro, y que por tal alcanza de un modo u otro a todas las naciones integradas en él.

Grecia es la parte por donde más cruje el problema, y la que genera efectos de sabida repercusión directa en la inestabilidad de los mercados de la deuda, que vuelve a regresar batiendo contra España e Italia en términos de prima de riesgo con la sabida repercusión negativa que ello tiene contra las posibilidades españolas de recuperación. Es decir, como freno en el camino de la normalización.

Pero lo que a todos los efectos tiene mayor interés en la cuestión de Grecia, es ese acuerdo de principio al que ha llegado la coalición gobernante para poder cumplir las condiciones internacionales que se les exigen a los griegos al objeto de acceder al nuevo socorro. Tiene eso una lectura española. Algo cuyo interés viene acentuado por la propia crisis de nuestro cuadro nacional, con su ausencia de comportamientos convergentes en nuestros partidos políticos y la presencia, por el contrario, de la divergencia radical aportada desde la mayoría gobernante en la Autonomía de Cataluña, con su apuesta por un referéndum para la escisión.

Llevar la disidencia política hasta el nivel tectónico de nuestro ser nacional – de 500 años en su unificación estatal y, según Domínguez Ortiz, de 3.000 años de existencia histórica – es tanto, en su expresión literal, como un manifiesto de insolidaridad suprema. Por lo que en si mismo supone el desafío y por el coste que ello significa en términos de mercado, tal como ha cuantificado la evolución de la prima de riesgo en las últimas 60 horas. La presión sobre la deuda española apenas se relaja. Hace el peso de las tensiones políticas, económicas y sociales que el diferencial de la deuda española respecto a la italiana se haya ampliado desde el lunes hasta los 80 puntos. Y trae ello también, como efecto contable, que la remontada de los intereses se haya llevado por delante el ahorro de todos los ministerios.

Es la profundidad tectónica de los disensos políticos radicados en Cataluña, con su significación añadida al desencuentro entre los dos grandes partidos, lo que priva de la estabilidad necesaria a la percepción española por parte de los mercados. La ausencia de la prometida intervención bastante por parte del Banco Central Europeo (BCE), aporta la condición suficiente para que continúe en los mercados ese marasmo en el que se esterilizan los esfuerzos y sacrificios que se hacen. Posiblemente haya llegado por todo ello la hora de que se pida el rescate. Sea cual fuere su precio en pérdida de soberanía. No cabe más tiempo de nadar contra la corriente.