El puntillazo de Mas a la imagen nacional

El anuncio hecho por Artur Mas de su proyecto de un referéndum, con o sin autorización del Gobierno – para que desde el mismo pueda eventualmente Cataluña levar anclas de España -, se sumaba en el plazo de muy pocas horas al conjunto de tensiones nacionales en que ya estábamos y generaba efectos más graves aún que los contenidos en el síndrome griego, pues por Atenas aquello que cunde en los sabidos términos es sólo, con ser tanto, la catástrofe económica y la implosión política. Aunque no la disgregación nacional.

Entre nosotros, sin embargo la crisis entra por derroteros sinérgicos en los que problemas y males de distinta naturaleza se vienen a combinar con el desafío nacionalista a la cohesión nacional en términos sistémicos, haciendo crecer los correspondientes daños en términos exponenciales.

La marca España se resiente así desde todos sus ángulos y sentidos en un cuadro de acracia, con el pulso contra la sede de la soberanía nacional por unas masas parasitadas por los profesionales de la violencia, mientras que por efecto de todo el Ibex se desplomaba, el bono español tocaba el 6%, se esfumaba la tregua de los mercados de deuda y la prima de riesgo escalaba de un solo golpe más de 30 puntos básicos, al saltar de los 416 en que había cerrado la víspera a los 450. Cundía la impresión de que el presente se desmoronaba y el futuro se subastaba.

La Triple A de la Eurozona (Alemania, Holanda y Finlandia) rebaja las expectativas de una recapitalización directa de la banca española al avisar al Gobierno de nuestra nación de que el rescate no es la fórmula suficiente para alcanzar la solución necesaria. No es consuelo, por supuesto, que en lo económico compartamos a estos efectos agobios y carencias con Italia. Tampoco, la alineación francesa con Madrid y Roma frente al lucro impasible de Berlín, Helsinki y Ámsterdam: avaros en la gestión del tiempo, de los plazos para cumplir lo acordado dentro de la Unión Europea. Postura que les permite ventajas inicuas en las respectivas balanzas comercial y de pagos.

Pues bien, estando en estas, cuando el Gobierno de Mariano Rajoy parecía fiar en que la compra suficiente de deuda por parte del Banco Central Europeo (BCE) permitiera esquivar el rescate con sus costes en soberanía, la tensión institucional generada por ese supuesto “liberal” (recuérdese el Pacto del Tinell) con cara de futbolista gastado que tira a puerta contra la unidad de España, viene a dar el toque de pezuña que le faltaba a la percepción exterior de la imagen de España. Era quizá lo preciso para que se cortara la mayonesa convenida por Cumbres y Consejos de la Unión Europea, donde sueña entrar el nacionalismo catalán, con la soberanía bajo el brazo y la barretina hasta las cejas.

El casi sedicioso anuncio de la consulta secesionista en Cataluña, ha sido en estas fechas críticas como el puntillazo que faltaba a la percepción extranjera de nuestras vicisitudes presentes y de nuestra capacidad como españoles para salir airosos de ellas, al propio compás del euro respecto de las suyas. Sabedores los estrategas del nacionalismo catalán y de todos los demás de la importancia de los nombres, han llegado a dónde están por las trochas de la consentida confusión que impera en las mayorías, especialmente en horas no propicias para la reflexión. Sin sosiego y desesperanzadas.

Pero ésa es una batalla pendiente. Mientras se sale de la trampa semántica consistente en meter dentro del mismo saco el concepto de nacionalismo, que corresponde a un sentimiento de identidad, y el de patriotismo, que expresa la adhesión a una idea, a un proyecto de vida en común, conviene estar conscientes de la urgencia actual de esta tarea.

Un nacionalista, de puro mirarse el ombligo, acaba por ignorar lo que le rodea, mientras que un patriota se adhiere y se suma a un proyecto consistente en compartir el propio destino con quienes ha compartido la Historia. En nuestro caso, una crónica de cinco siglos.