Irán, en el punto de mira

Ese Irán como problema que la diplomacia del zapaterismo pareció considerar como revulsivo de la “alianza de civilizaciones”, ha sido tomado por el presidente Obama en su discurso ante la Asamblea General de la ONU como referencia angular a medio plazo para su política exterior. Tan angular que cabría considerarla como la determinante principal del problema sirio, en el que se combinan y duplican los mismos factores geopolíticos en régimen de tormenta perfecta.

Si como el presidente norteamericano ha dicho en su alocución, eso de que “haremos lo necesario para impedir un Irán nuclear, pues supondría una amenaza para la seguridad de Israel”, y lo ha dicho en un contexto de advertencias y demandas de nuevas sanciones internacionales contra la República Islámica – toda vez que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) se ha vuelto a ratificar en su diagnóstico de progresos iraníes significativos hacia la disponibilidad condiciones suficientes para construir su Bomba Atómica -; y si, dentro del sabido tenor, la Federación Rusa y China han advertido que se opondrían a ello en el marco del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, al igual que harían en el caso de que se recurriera a ese foro para sancionar nuevamente al régimen sirio de Bachar el Asad por los componentes genocidas de su respuesta a sus compatriotas rebeldes …, las perspectivas sobre el Próximo y el Medio Oriente son más sombrías que cualquier otra cosa.

A este respecto, recomendaría a mis lectores que se detuvieran en la lectura del artículo “Grupos de ataque y algo más” que Juan Chicharro publicaba ayer en este mismo espacio de análisis. El detalle expuesto en ese trabajo sobre el despliegue aeronaval en el Índico noroccidental, por la embocadura exterior del Estrecho de Ormuz, es marco especialmente idóneo para comprender el alcance de la advertencia hecha por el huésped de la Casa Blanca al régimen de los ayatolás. Una advertencia política y un despliegue militar practicados a despecho de comentarios como el recientemente expresado por el presidente Ahmadineyad de que una acción militar sobre Irán implicaría tanto como el estallido de la Tercera Guerra Mundial…

Habrá que esperar, de otro punto, qué reflejo tiene en esta Asamblea General de Naciones Unidas el aflorado desencuentro chino-japonés sobre el pequeño archipiélago de Diaoyu o Senkaku, según Pekín o Tokio respectivamente, situado dentro del espacio marítimo que comparten China, Japón y Taiwán y que las otras partes reclaman como islas propias. No sería improbable que el asunto no aflorara en el turno de los discursos, ya que la peculiarísima imbricación de los intereses económicos, financieros y comerciales chino-nipones hace que el problema no tenga otra solución que el arbitraje internacional, pues los títulos de soberanía alegados por unos y otros vienen estribados en fechas lo bastante distantes para que resulte imposible en la práctica establecer las preferencias entre unos y otros. Ante las situaciones de hecho en estos casos, el tiempo dispara la prescripción adquisitiva y diluye los títulos cuando no existen Tratados previamente suscritos por los ahora litigantes.

Un tiempo mucho más corto, sin embargo, parece haber puesto fin al dislate aquel que fue la tal “alianza de civilizaciones” salida del caletre de Rodríguez Zapatero como la flor de sus ocurrencias. Razones sobradas de contexto económico y social aconsejan limpiar fondos y soltar lastres de estolidez en la diplomacia española.