Eso del Estado Libre Asociado

Entiendo que no seremos pocos quienes vengamos a relacionar la extraña interferencia del actual embajador norteamericano en España, Alan D. Solomont, en el ámbito interno de la política española donde se enmarcó la manifestación catalanista de la Diada, calificando de “admirable” el debate abierto tras de ésta, con la pata de banco esgrimida por el “President” Mas, al poner sobre la mesa ni más ni menos que la fórmula del Estado Libre Asociado, establecida plebiscitariamente en Puerto Rico en el verano de 1952 luego de ser planteada por el entonces gobernador Luís Muñoz Marín, tras de una laboriosa gestión de su parte cerca del presidente Rosevelt y del presidente Truman.

Cerraba aquello – en forma de pacífica deglución estadounidense – el epílogo del proceso de la emancipación hispanoamericana concluida con la independencia de Cuba. Y aquello viene a significar ahora, en el marco del independentismo en que se envuelve y resuelve el convergente discurso de los partidos nacionalistas catalanes. Una hipótesis ésta tan del histérico gusto de estas formaciones con tanta responsabilidad contraída en la debacle contable de la Autonomía.

Al parecer, semejaría la cosa del Estado Libre Asociado al embajador Solomont algo así como el huevo de Colón. Una verdadera perla para la crónica estadounidense de sus exitosas promociones de Estados nuevos en la vieja Europa, conforme el legado ideológico del presidente Wilson, tan claramente precisado en el Décimo de sus 14 puntos doctrinales, continentes de la idea de la Sociedad de Naciones y, posteriormente, de la ONU.

Después del gol kosovar colado en la portería de la Serbia prorrusa, la borinqueña salida del independentismo catalán – que se gasta a espuertas los millones de los contribuyentes de todas las Españas en la promoción de la lengua de Espriu casi en un centenar de universidades norteamericanas, sin mayores resultados que digamos en cuanto al número de alumnos-; luego del enunciado acceso tan “admirable” y “pacífico” del nacionalismo catalán a la soberanía plena, la fórmula borinqueña sería el más brillante colofón que nadie hubiera imaginado.

Pero más allá de la forma que mejor concertara el “conllevarse” – propuesto don José Ortega – de los demás españoles con Cataluña, es de resaltar la vorágine del carrusel constitucionalista en que se ha enredado la clase política; especialmente por parte del PSOE, con sus manifestaciones federalistas de diverso formato, desde la convencional al federalismo “asimétrico”, fórmula en la que en su día sintetizó Pascual Maragall los términos de la contradicción del PSC como partido obrerista y como portavoz de un delirio más específicamente propio de una burguesía sentimental y excursionista pasada por la sacristía de Montserrat.

La respuesta a la niebla ideológica de los socialistas por parte del partido gobernante no podía ser otra que la que ha sido, con su manifiesto de defensa de nuestra Ley Fundamental, lograda al cabo de un consenso que no sería responsable echar por la borda para que la suma de las minorías apartadas del gobierno de la Nación invirtieran el equilibrio político definido democráticamente no hace todavía un año.

Es tanta la confusión generada en estos últimos días que podría resultar bastante para explicar el enlace de esa disparatada injerencia del embajador norteamericano con la onírica ocurrencia nacionalista del Estado Libre Asociado.