Torpeza diplomática sobre Cataluña

Callarse puede ser un modo necesario de acertar cuando la práctica del silencio sobre cuestiones internas que conciernen a la integridad soberana de una nación, corresponde al máximo responsable de la representación diplomática de una potencia aliada. Me refiero a las impertinentes manifestaciones hechas en Barcelona a la prensa local por el embajador norteamericano en España, Alan D. Solomont. Impertinentes en la propia medida que lo inapropiado de ellas puede corresponder a un supuesto de injerencia. Es decir, abordar temas o cuestiones que son materia reservada a la política interna y soberana de la nación y del Estado ante los que el embajador se encuentra acreditado.

En el contexto de estos días, en las tensas vísperas de la visita del “president” a la Moncloa, calificar de “admirable” el debate abierto en España con motivo de la Diada por el hecho de que haya sido “”pacífico y democrático”, añadiendo que ha hablado con el presidente de la Generalitat, Artur Mas, sobre el encaje de Cataluña en España, sin especificar si lo hizo antes o después del 11 de septiembre, es cuanto menos, aparentemente, una exhibición de falta de profesionalidad y de inteligencia política del representante norteamericano.

Posiblemente sólo faltaba un resbalón (¿) de este porte – especialmente cuando en su conversación con los medios barceloneses se aborda la independencia de Kosovo, trapo al que no entra el embajador – para que el escenario creado con la Diada y su seguimiento político, diplomático y mediático, se aviniera de alguna manera al formato y la idea de una ya incoada balcanización de España.

Hay base para algo más que suspicacias cuando anda por medio, con consciencia indefinida e imprecisa, la danza diplomática estadounidense. Inercialmente orientada por el principio de las nacionalidades establecido en el punto décimo de los 14 propuestos por el presidente Wilson al cabo de la Primera Guerra Mundial: oportunidad para un desarrollo autónomo de los pueblos del Imperio Austrohúngaro. Una inercia doctrinal en la política exterior de Washington que llevaría después, tras la muerte del presidente Tito, a la propia desintegración de la misma Yugoslavia que en su día había auspiciado como vertedero histórico principal del desguace del Imperio Austrohúngaro.

Pues bien, tras de tales precedentes no cabe menos que los españoles nos tentemos la ropa ante andanzas así del embajador norteamericano en la Barcelona de ahora mismo – con la mayoría española silenciosa – calentada por los nacionalistas de toda laya y utilizada por Artur Mas – muñidor entusiasta del Pacto del Tinell durante el Tripartito – como fastuosa y sonorísima tapadera bajo la que embolsar y ocultar los fracasos económicos, los dispendios y la corrupción de sus Gobiernos durante este Estado y esta Constitución de las Autonomías.

La catapulta política y diplomática norteamericana, que montó el mecano yugoslavo y luego lo desmontó, añadiendo a ese descabalamiento general la secesión de los kosovares establecidos en Serbia, no se debe dejar de atenders, por este y por cualquier otro Gobierno de España, al hilo del empellón separatista de Artur Mas y sus cofrades en la aventura secesionista. Quizá por eso mismo, cuando digo torpeza diplomática refiriéndome al entrometimiento del embajador Solomont, acaso debiera decir todo lo contrario. De una diplomacia doctrinaria y monofásica se puede esperar cualquier cosa.