No ganaría Obama, perdería Romney

Hay muchas maneras de perder y muchas menos de ganar. Por lo mismo, los errores son infinitamente más abundantes que los aciertos. Parece haberlo demostrado satisfactoriamente Mitt Romney, el candidato republicano en las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo mes de noviembre, con esa descomunal metedura de pata consistente en decir que el 47 por ciento de los votantes – supuestos componentes de la población subsidiada por el Estado – sería la que votase a su oponente Barak Obama, actual huésped de la Casa Blanca.

No exculparía mucho ni poco que el desafortunado comentario de Romney se hiciera en ámbito privado, en el curso de una cena con aportadores de fondos para la campaña electoral republicana. Pues la prudencia de todo aspirante a gobernar la nación es virtud política de cotización preferente, acaso la más alta de todas dentro de una sociedad tan manifiestamente conservadora como la de Estados Unidos.

Y junto a la prudencia, esa avisada y atenta condición que, por ejemplo, lleva a reparar, asegurarse, de que luego de utilizar todo mingitorio, público o privado, quedaron abrochados todos los botones de la bragueta. Además de lavarse las manos, todo varón ha de volver a la reunión en que estaba luego de verificar que todas las piezas del cierre frontal del pantalón volvieron a sus ojales. O que, alternativamente, verificar que la cremallera cerró el espacio que antes había liberado, abierto, para el uso pertinente. Devolviéndolo luego a su discreta y obligada clausura.

Todo es toro, desde el cuerno hasta el rabo. En tesituras para funámbulos, y las propias de las campañas electorales lo son en muy singular medida, cualquier desliz puede ser mortal. Y a Romney – buenas son las izquierdas a estos considerados efectos – le van a sacar los colores, en toda su gama, durante los casi 50 días que restan de campaña. Un regalo de este porte y enjundia no lo va a menospreciar su oponente, el presidente Obama, tal como ya ha comenzado a hacer. Afirma con toda razón que “el presidente tiene que trabajar para todos”.

O sea, para los que con él ganen las elecciones y para quienes las pierdan. Tanto los autosuficientes en la intemperie de la libertad como para los subsidiados por el Estado; aunque la dinámica sin freno del subsidio incluya riesgos para el sistema de libre empresa, que es el que soporta la prosperidad de la sociedad norteamericana, por ser el que más eficientemente asigna los recursos. Otra cosa es que la buena y responsable gestión de la política – especialmente de la política económica -se presuma por los votantes en las propuestas de uno u otro candidato.

Obviamente, muchas más y bien diversas serán las razones que decidan si Obama sigue en la Casa Blanca o si Romney le hace mudarse de residencia. Mucho habrá de contar la marcha de la economía y los avatares de la política exterior, con los frentes abiertos en el mundo árabe y con la República Islámica de Irán. Pero la patita sobre la correlación entre votantes y subsidiados sería en todo caso difícil de sacar. Cabe pensar de momento que no ganaría Obama por su abortismo, pues sólo perdería Romney por su tremendo y clasista desliz.