Hizbulah, variante iraní en la hoguera islamista

Descartemos la casualidad. Esa amenazadora reaparición pública de Hasan Nasralá, el jefe de la milicia chií libanesa, tras de la visita del Papa y de sus contactos con los dirigentes musulmanes en un encomiable esfuerzo por quitar leña al fuego esparcido por el mundo islámico a resultas de un vídeo chapucero denunciado como blasfemo por los musulmanes, comenzado en Bengasi – con el asalto del consulado norteamericano y la muerte del embajador Stvens junto a tres diplomáticos de su equipo – y proseguido sin pausa en todas y cada una de los Estados árabes o musulmanes en que fue previsible que la llama terrorista continuara; esa vuelta a la escena del responsable de la guerra contra Israel en agosto de 1966, para la convocatoria de una serie de actuaciones en los cuatro puntos cardinales del País de los Cedros, consagradas al mismo ritual de odio contra Estados Unidos y cuánto significa Occidente, es tanto como el arranque de una variante nueva dentro de la dinámica del conflicto.

Esa variante no tiene otra significación que la entrada en la escena de la República Islámica de Irán, que tiene en el Hizbulah libanés una fuerza agente de la dicha magnitud y capacidad operativas al norte del Estado judío para hacerle a éste la referida guerra de hace seis años, al tiempo que dispone al sur de este mismo Estado, en la franja palestina de Gaza, la fuerza complementaria de Hamas. No importando que mientras los palestinos integrados en esta militancia antijudía sean suníes, los libaneses enrolados en Hizbulah sean chiíes. El diferencial de secta queda salvado por la munición económica y el armamento aportado por los ayatolás de Teherán.

La cosa tiene su relevancia añadida al cuadro de hostilidad ahora vigente contra Estados Unidos e Israel por causa del malhadado (¿) vídeo “blasfemo” contra Mahoma y sus secuaces. Irán, que en principio había permitido manifestaciones de adhesión a la revuelta islámica que no habían llegado a nada, pues su teocracia no admite bromas con el orden callejero, parece haber visto ahora una ventana de oportunidad en la hoguera islamista contra Occidente, desestabilizando el Líbano visitado por el Papa con el concurso de las huestes de un Nasralá, que ha cogido de inmediato comba con amenazas contra Estados Unidos. Advirtiéndole de “repercusiones peligrosas” si se difunde el bodrio completo sobre el profeta Mahoma.

Todo esto, obviamente, tiene una doble derivada. De una parte, Hizbulah haría un servicio al régimen de Damasco si se lleva a efecto una nueva desestabilización de Líbano. Y de otra, se abriría un frente junto a Israel en el caso de que la tensión occidental con Irán, por causa del programa nuclear en que Irán no ceja, se disparara hasta niveles críticos al cabo del nuevo paquete de sanciones económicas occidentales que se prepara contra Teherán. Y a mayor abundamiento, es de señalar el plano en que se inscribe la eventualidad de un choque irano-israelí por el mismo asunto del probable acceso de los persas a la Bomba Atómica, enmarcado en las amenazas de la República Islámica contra el Estado de Israel.

En resumen, a la extensión horizontal de la hoguera islamista contra las naciones occidentales – que por alcanzar ha incluido hasta la misma Australia, lo que significa su irrupción dentro un Estado perteneciente al Occidente cultural y político – se añade lo que se podría llamar un dimensión vertical, enlazada con la estructura de tensiones en que se combinan, por los dichos motivos, las occidentales con Irán y, de rebote, las de Irán mismo con los Estados árabes del Golfo. De momento, al margen del incendio.