China-Japón, una grave tensión acolchada

Deben dudar a estas horas, China y Japón, entre la sinergia y el conflicto. O seguir entre el fecundo concierto de intereses, como en los tiempos recientes, o el divorcio más que sólo inamistoso, igual que en épocas pretéritas – así con la guerra nipo-china de 1931 -, o que 40 años antes, en la última década del siglo XIX, justo en el tiempo que el Imperio del Sol Naciente se apoderó de unos islotes cuya superficie total no rebasa los siete kilómetros cuadrados, pero cuyo fondo es muy rico en pesca y, presumiblemente, en recursos energéticos (gas y petróleo). Se trata de unos “alboranes” situados en lo que los chinos dicen Mar Oriental porque lo tienen a Levante, y a las islas en cuestión Diaoyu, mientras que los japoneses las llaman Seukaku, y de Poniente a las aguas que las contienen.

Puestos a imaginar lo peor, podría haber hecho Francisco de Goya la ilustración de esta historia, tomando como referencia ese cuadro suyo en el que dos hombres frente a frente, con las extremidades enterradas, se muelen a garrotazos hasta el final. Pero no caerá esa breva mortal porque los contendientes están enterrados y presos no en la gleba sino en sus respectivos concordantes y recíprocos intereses comerciales.

Pekín, de momento, ha empleado la luz y calor de las masas vociferantes por las calles y ante la Embajada y empresas japonesas instaladas en el país de la misma manera que utilizaron la pólvora cuando la inventaron, no para la guerra sino para hacer castillos de fuegos artificiales y alegrar así las fiestas… China ha enseñado los dientes y lo único que ha dicho es que llevará a la ONU la reclamación de ese pequeño archipiélago, alegando que es suyo. Y, enfrente, Japón anuncia que hará lo propio por idénticas razones.

Panetta, el secretario norteamericano de Defensa, cogido a vez en medio del fuego de los intereses cruzados, tampoco que querido ir más allá en su discurso de conciliación de lo que han ido los Gobiernos de Pekín y de Tokio. O sea, que a estas alturas y por cuanto han dejado entrever una parte y la otra, la sangre no llegará al río. El probado pragmatismo de los asiáticos mayores hará pronto que los fuegos de artificio acaben, puesto que otra cosa significaría que se habían vuelto locos y optado por darse de tiros en sus respectivos pies.