Crisis del Estado donde nunca lo hubo

Visto lo ocurrido desde el asalto y muerte en Bengasi del embajador norteamericano en Libia a manos de Al Qaeda en su nueva operativa bajo la batuta de Al Zawahiri, el médico egipcio que sucedió a Ben Laden – con capacidades estratégicas que superan de largo las propias del ex colaborador de la CIA en el Afganistán ocupado por los soviéticos -; cuando el reguero de violencia islamista se proyecta desde el norte de África y el Oriente Medio por los confines meridionales de Asia y los Estrechos Orientales, que enlazan el Índico con el Pacífico, llegando a la propia Australia, luego de haber dejado en un paréntesis de silencio las comunidades musulmanas de China y Asia Central; mientras parece aguardar su turno la constelación de comunidades islámicas en el Occidente europeo, el consenso democrático euroamericano regurgita sus análisis sobre el proceso de cambio norteafricano iniciado a últimos de 2011, en Túnez, por la bofetada policial a un licenciado en paro que vendía sin licencia las hortalizas del pequeño huerto de sus padres.

Si la vida y la Historia se atuvieran normalmente a la lógica, cabría exigir congruencia, entre la naturaleza de las causas y la condición y el porte de sus efectos.

Por eso, siendo como son las cosas, se acaba por comprender y admitir, por reconocer, que aquello que fue entendido como premisa suficiente para una determinada conclusión – diríamos que de optimismo democrático – no contenía dosis bastante de realidad efectiva, y sí, en cambio, cargas sobradas de apariencias. De prejuicios bloqueantes del reconocimiento efectivo de las cosas.

Acaso lo más peliagudo de la cuestión sobrevenida, a la hora de identificar la novedosa naturaleza del cambio habido en aquella parte del mundo agareno que nos es más próxima a los occidentales, consiste en la condición teológica propia del nivel tectónico de este formidable episodio de rebelión social, exasperación política y violencia – terrorista ó no – genuinamente reaccionaria.

Las autocracias de Túnez, Libia y Egipto se han ido a pique al cabo de procesos formalmente distintos en su curso, pero materialmente idénticos en su desembocadura.

Otras, como Siria y como Yemen, se revuelven en su turno contra el mismo destino. Sólo los regímenes árabes ajenos a cualquier experiencia republicana y nacionalista – exceptuado el Iraq posbélico, chií y zarandeado por la violencia suní, y el emirato de Bahrein, con una mayoría chií sin poder político -, contemplan el presente y miran el futuro con un cierto sosiego. El petróleo y sus capacidades económicas, de una parte, y de otra, la ausencia de rasgos democráticos – suplidos por criterios arcaicos de representación política –, se traducen, junto a su conexión económica con Occidente, en una configuración de cambios y de riesgos manifiestamente ajenos al resto del mundo árabe, también involucrado en el retrocambio.

Absolutamente destacable es el peso de la visión norteamericana del proceso seguido hasta el presente por el cambio árabe hasta que llegó a eclosionar el problema sirio, de características tan distintas a todos los demás. Sus componentes de interna colisión entre el alauismo chií y la mayoría suní de los opuestos al régimen de Bachar al Asad – dentro del cual se mantuvo el acomodo de la minoría cristiana -, lo hacen bien diferente de los capítulos norteafricanos del cambio árabe; especialmente por el ingrediente internacional y geopolítico del factor ruso, endosado diplomáticamente por China, resumible en el interés de conservar los apoyos navales de Tartus y Lataquia. Es este dato de especial importancia para la postura de Washington en el escenario del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuando se han buscado Resoluciones eficientes contra el Gobierno de Damasco.

Pero no es esto lo de mayor interés en el discurso de la política de la actual Administración de Washington sobre el cambio árabe. Una política ya definida por el presidente Obama desde su entrada en la Casa Blanca, antes por tanto de que los procesos de cambio comenzaran. Su discurso en la Universidad de El Cairo incluyó algún desliz merecedor de un lugar de honor en la antología del disparate. Aunque ello no puede considerarse en modo alguno entre los errores constituyentes de la óptica norteamericana para el mundo árabe en particular y, en general, sobre las evoluciones de lo que se llamó el Tercer Mundo hacia la democracia política, cuando se hace abstracción de las condiciones históricas e institucionales previas y necesarias para llegar a ella.

Creer que la democracia se sitúa en el punto de partida de cualquier proceso de humanización del poder político en lugar de considerarlo línea de arribada, y entender en paralelo que el Estado como, ocurre primordialmente en el mundo occidental, es orden jurídico que se establece con independencia de los precedentes históricos y las condiciones culturales cuando éstas son ajenas a qué significan las leyes todas, especialmente en lo que toca a los derechos individuales y al conjunto de la ciudadanía; carecer de la percepción suficiente de que la fuerza se debe al derecho, habiéndose de someter a éste, ha llevado en la Historia a disparates como el de abortar el Estado convenido para la nación kurda en el Tratado de Versalles para en su lugar reinventarse Mesopotamia como nación añadiendo a este espacio el Kurdistán, central por haberse encontrado en Kirkuk petróleo bastante para nutrir y mantener el peso de una soberanía estatal nueva.

Por eso, cuando el general Kassem derrocó la monarquía hachemí del rey Hussein, que cubría los requisitos formales de un Estado, todo lo que allí vino después hasta la derrota militar del régimen de Sadam Hussein, fue una sucesión de dictaduras que suplieron con su fuerza el peso del Estado. Sólo el mito del Estado/Nación en el mundo árabe tras de la derrota y desaparición del Imperio Otomano, por una parte, y de la descolonización de las comunidades arabófonas y africanas en general después de la Segunda Guerra Mundial, por la presión conjunta de Washington y Moscú, únicamente la acción de ambas tenazas históricas, hizo posible que el mundo árabe se aglutinara como una constelación de Estados nacionales. Desde la que se quiso remedar, desde la sobrevenida conciencia nacional, lo que en los siglos XIX y XX se había hecho en Europa y las Américas, luego de lo que había ocurrido previamente desde el siglo XV con España, Francia y el Reino Unido…

El mundo árabe entraba por ahí en una suerte de individualizada conciencia nacional, que era camino de modernidad con su apuesta por un Estado como instrumento capitalísimo para la forja de un destino propio y diferenciado dentro de una comunidad de naciones afines. Normalmente, además, con el mayoritario recurso a un partido preponderante entre los concurrentes; un partido único en la práctica y derivas totalitarias por mimetismo mayoritario con el norte soviético. La creación de las instituciones políticas se fue demorando por la deriva hacia las prácticas totalitarias en unos casos y en los más de ellos hacia la corrupción. Torcido así el camino se generalizó la autocracia y sobrevino un estado de cosas del que brotó la llamada primavera árabe. Y lo que pareció una voluntad de homologación lenta y progresiva con las democracias europeas acaba de saltar por los aires en un turno inacabado de revoluciones trufadas por el islamismo con su paradigma alternativo de la comunidad musulmana y el regreso a la confusa integración de la religión y la política en un único discurso.

De esta manera, por el mundo árabe – ajeno a la Ilustración y al Siglo de las Luces -, se ha llegado a la crisis del Estado donde en puridad nunca lo hubo, al establecerse la tensión polar y sectaria entre el estallido tribal y las facciones coránicas, de una parte, y la propuesta de la Umma, como conjunto de creyentes en Alá y seguidores de su profeta.

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