Sólo un prólogo, probablemente

Tiene tantas entradas el asunto que el problema primero es el de elegir una para comenzar. Como resultaba previsible, al asalto islamista al consulado norteamericano en Bengasi, con resultado de cuatro diplomáticos muertos – entre ellos el embajador, Chritopher Stevens -, que estuvo acompañado de un doble intento de lo mismo sobre la embajada estadounidense en El Cairo, han seguido otros a embajadas de Washington: uno en la capital de Yemen, con el balance provisional de un muerto y diez heridos; y otros en Bagdad en Bagdad, Teherán y Túnez.

Todos estos asaltos, con el pretexto de que en Estados Unidos unos supuestos egipcios cristianos coptos, emigrados de Egipto, serían los instigadores de la grabación de una cinta en la que se insulta a Mahoma, resultan de un montaje cuya finalidad puede no agotarse en lo que ahora está pasando.

En los últimos tiempos, incluso bajo el desaparecido régimen de Mubarak, los islamistas han asaltado templos coptos, al igual que templos cristianos en Iraq. Estas circunstancias son de sobra conocidas en los países árabes y otros espacios nacionales de Oriente. La supuesta película “blasfematoria” ha sido la condición necesaria para que prendiera en las masas fanatizadas. Toda acusación de “blasfemias” contra el Corán y su profeta, como acaba de ocurrir en Pakistán donde el falso testimonio de un Imán llevó al encarcelamiento de una niña disminuida psíquica y de familia cristiana, tiene el éxito asegurado entre las masas …

La trama islamista, montada por la Al Qaeda – o por cualquiera de sus muchas franquicias – que dirige ahora el egipcio Al Zawahiri contra Estados Unidos, en estos días perimetrados en otro aniversario del 11S, no puede encontrar pretexto más idóneo que los supuestos insultos a Mahoma contenidos en una cinta fantasmal que nadie conocer entre el gran público norteamericano.

No es pasarse en las suspicacias, ante la concreta imputación que se hace a los coptos, entender que detrás de todo ello pueda estar una nueva vuelta de tuerca contra los cristianos de Egipto, que históricamente han pasado de ser – por algo más que por la presión tributaria – la práctica mayoría del país en el momento de invasión islámica, a representar actualmente menos del 10 por ciento de la población, al cabo de un largo proceso de conversión fiscal y de emigración a otros lares.

Cabe aventurar que desde la victoria islamista en las elecciones egipcias posteriores el derrocamiento de Hosni Mubarak, y pese a la teórica moderación que se atribuye al actual presidente, Mohamed Mursi, nada volverá a ser en Egipto como fue desde la emancipación naserista de la dependencia británica. Ni en Egipto ni en el resto de los Estados árabes.

Abierta queda ya la vía de la reversión desde el paradigma del Estado Nación al de la Umma o gran comunidad islámica. Un proceso al que se ha llegado desde la Primavera Árabe, que en principio se entendió justo como por lo contrario. Como camino a la occidentalización política, democrática y secularizadora, por lo mismo, de las remanentes impregnaciones integristas. Con la promiscuidad normativa entre el orden civil y el plano religioso.

Por ahí discurre el fondo de los sucesos de ahora, con sus tremendas implicaciones en la política internacional. Pero sobre todo para la diplomacia y el discurso de la política norteamericana. Vamos a ver hasta dónde llega el mensaje armado de Washington con el envío de dos navíos de guerra, una unidad de élite de su infantería de Marina y de los aviones no tripulados, que tan notables rendimientos están dando en el espacio fronterizo paquistaní de los Waziristanes. Donde fue abatido Yahya al Libi, el brazo derecho del sucesor de Ben Laden, e ideador de la nueva estrategia para el yihadismo. Un diseño que, por lo que se está viendo en Bengasi, El Cairo y otras Embajadas norteamericanas en Oriente Próximo, define operativas de dos fases: una previa, de agitación de las masas con el pretexto de las supuestas blasfemias contra Mahoma, como base de las manifestaciones de protesta; y otra fase ejecutiva, de específica violencia terrorista, con empleo de armamento pesado incluso cuando lo requiere el objetivo que se pretende alcanzar.

El ejemplo ha sido Bengasi. Al Qaeda fue por derecho contra el equipo diplomático en Libia. Y aunque en otras partes no dispondrá de tanto armamento como el que dispone en la Cirenaica y la Tripolitania, por resultas de la guerra civil y la naturaleza irregular de las fuerzas que derrotaron a Gadafi con el apoyo de la OTAN, toda el África islámica, arriba y abajo del Sahara, puede convertirse en escenario sin solución de continuidad para este tipo de violencia.

Aunque la cosa, bien que en otro rango de probabilidad, es extensiva con obvias variantes a espacios occidentales con fracciones nacionales de población musulmana. La mecha está encendida.

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