Cuota de venganza en Waziristán

Justo en el décimo primer aniversario del 11-S la Administración norteamericana se ha dado el gusto de confirmar la eliminación, en la región paquistaní de Waziristán del Norte, de Abu Yahya al Libi, titular del segundo escalón de mando de Al Qaeda. Y ello 16 meses después de que, también en Pakistán, fuera pasaportado Ben Laden, el creador de la primera organización yihadista dentro de los musulmanes árabes. Ayman al Zawahiri, el médico egipcio que sucedió a Laden, con el ahora eliminado, queda de momento, según los expertos, algo más que sensiblemente disminuido en sus capacidades para proseguir la guerra islamista contra Estados Unidos, Israel y en general todo cuanto huela a civilización occidental.

Podría decirse que el mensaje implícito en el anuncio de la muerte de este destacado terrorista, de probadas capacidades organizativas y de mando, no es otro que el de que la venganza estadounidense continúa no sólo desde la eliminación de Laden, sino desde la primera respuesta aplicada en Afganistán contra los talibanes que habían acogido en un primer momento al fundador de Al Qaeda, negándose a entregarlo como desde Washington se les había exigido.

Lo más relevante de la eliminación de Al Libi es que llega precedida de otras tantas muertes de comandantes de Al Qaeda, al cabo de operaciones realizadas tanto en el propio Pakistán como en Yemen, normalmente con el empleo de aviones no tripulados y armados de misiles. Siendo éste un dato de la mayor significación en lo que respecta a la opción estratégica que finalmente ha prevalecido sobre todas las demás. Es decir, la guerra basada esencialmente en la información y en la disponibilidad de la tecnología necesaria para traducirla en decisiones de insuperable eficacia operativa, aunque en ocasiones haya generado efectos colaterales ciertamente no despreciables, en lo que toca a bajas ajenas al propósito y a los objetivos buscados.

La densidad de bajas de alto nivel sufridas por Al Qaeda en Pakistán y Yemen con el empleo de los Drones, de estos aviones no tripulados, podría ser una de las explicaciones del actual despliegue de este yihadismo en otros escenarios no batidos informativamente por los servicios de Inteligencia aliados en el mismo Pakistán y Asia Menor, especialmente en Somalia y en el África del Sahel.

La práctica de secuestros de europeos enrolados en las onegés, además de eventuales participaciones en los conflictos norteafricanos, como el de la guerra civil en Libia, o la que ahora se desarrolla en Siria contra Bachar el Asad, además de su presumible participación en Iraq contra el Gobierno chií de Bagdad, puede que esté prefigurando una estrategia provisional y a la espera de otros escenarios; posiblemente menos en Estados Unidos que en Europa, donde las comunidades musulmanas – como prueban los precedentes habidos en Londres con paquistaníes de segunda generación – aparecen como muy considerables soportes potenciales para el terrorismo yihadista.

O sea, que frente a la prolongación en el tiempo de la guerra antiterrorista y el perfeccionamiento de los medios aplicados para realizarla, resulta más que previsible la eventualidad de que Al Zawahiri, el sucesor de Al Qaeda, con su actualmente desarbolada estructura operativa, esté incurso en la preparación de algún otro 11-S en el mundo occidental.

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