FARC: se acabó lo que se les daba

Está del todo claro que esta nueva ronda de contactos entre el Estado de Colombia y el tinglado narcoterrorista de las FARC y especies asociadas, tendrá otros derroteros que aquellos que le precedieron. Las operaciones militares continuarán hasta el final del proceso – que comenzará en Oslo el 8 de octubre -, sea cual sea el signo de su desenlace. “No habrá alto el fuego – ha dicho Juan Manuel Santos, el presidente de la Nación – hasta que se llegue al acuerdo final”.

Cuando los contactos previos habido en La Habana se habían resuelto en el consenso para realizar conversaciones exploratorias, se descolgó la narcoinsurgencia con la condición añadida de que se estableciera ya un alto el fuego, tal y conforme había sucedido repetidamente de una u otra manera en los repetidos intentos previos de poner fin a la violencia sistémica colombiana, vertebrada económicamente mediante el narcotráfico e instrumentada desde 1964, año en que comenzó –dirigida por el ya desaparecido “Tirofijo” – por la metodología terrorista de los atentados con explosivos, los secuestros y la extorsión.

Tiene toda su lógica el rechazo desde el Estado de esa pretensión. Nunca como ahora había retrocedido el poder, implantación territorial y estructura organizativa del aparato narcoterrorista colombiano. Los cuatro años de mandato del presidente Uribe, en el que Juan Manuel Santos, el actual jefe del Estado colombiano, tuvo a su cargo las responsabilidades militares y policiales, sufrieron las FARC un castigo sin precedentes, con el descabezamiento sucesivo de sus cuadros superiores y la general fractura de su implantación territorial en el país.

Un alto el fuego en las actuales condiciones traería como inmediato efecto la reinstalación de las FARC en las capacidades de beligerancia de que disponía hace seis años. Era esto tan obvio que la propuesta de tal alto el fuego no puede explicarse de otro modo que como inercia histórica de una estrategia política carente actualmente de base. Visto de otro modo el rechazo de ese alto el fuego, en términos de principio, equivale tanto como definir lo ahora comenzado como proceso de capitulación de las FARC. Puesto que la rendición sin condiciones es de instrumentalización poco menos que imposible.

Tienen la guerra perdida. Entre otras razones, por la sostenida coherencia política de Bogotá durante seis años; desde el decisivo apoyo de Estados Unidos mediante las bases desplegadas a lo ancho del territorio colombiano dentro de la lucha contra el narcotráfico, y desde la expectativa que se apoya en la previsión de un probable cambio político en Venezuela después de las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre – por la grave enfermedad de Hugo Chávez –, y por sus derivadas sistémicas en el bloque bolivariano, que arropa perimetralmente, cabría decir, a las FARC.

La porosidad de las fronteras, sabido es, resulta históricamente condición inseparable para la perpetuación del guerrillerismo. Lo demostró la derrota de la guerrilla comunista de Markos después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Stalin ordenó el sellado de las fronteras con Grecia de Yugoslavia y Bulgaria. Y lo vino a probar también, en Angola, el derrocamiento en el Congo del presidente Mobutu, socio y aliado del general Savimbi. El cambio congoleño determinó la derrota de la guerrilla de UNITA y el fin de una beligerancia de 25 años, al morir en combate su creador.

El “proceso de paz colombiano” tendrá posiblemente tres pantallas principales de seguimiento. Una Oslo/Bogotá, la primera, y otras dos: en La Habana y en Caracas.

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