Guerra de independencias

Previsto queda el que hoy, en el Consejo del Banco Central Europeo (BCE), se ventile una muy importante batalla dentro de la guerra de independencias – en conflicto – entre el propio BCE y el Bundesbank, Banco Federal de Alemania. La independencia del BCE se sustancia sobre el papel en su libertad de acción, para cumplir los fines que institucionalmente tiene asignados, frente a las eventuales presiones y respecto del peso de los intereses de los Estados miembros de la Unión Europea (UE). Mientras que la independencia del Bundesbank se expresa frente al propio Gobierno Federal, ya que sobre el papel, no debe Berlín interferir tampoco en su autonomía funcional, derivada de la propia independencia.

Entre ambos polos de poder económico se han librado las tensiones habidas en este último periodo, generadas por la muy lógica y justificada presión de Italia y España para que el BCE regresara a la compra de deuda soberana, vistas las respectivas necesidades de financiación, el cuadro recesivo que comparten y que agudiza el esfuerzo para reducir el déficit, además del desmesurado peso, en los mercados, de la especulación contra el euro, tras del doble e insuficiente rescate de Grecia, la postración del rescatado Portugal, etc.

La última abstención hasta ahora en la compra de deuda soberana por parte del BCE ha venido determinada por la doble resistencia alemana, formulada desde la entera escala de voces por parte del Gobierno de Berlín – comenzada por la propia canciller que hoy nos visita en Madrid, por el ministro de Finanzas y el titular de Economía, e incluso desde el propio ministerio de Asuntos Exteriores – y también, como no podía ser de otro modo, por el Bundesbank.

Han estado agrupados durante un tiempo excesivo todos los naipes alemanes – con el pretexto de que la estabilidad se podría perder y la inflación dispararse – en la resistencia a que el BCE conformase una estrategia que llevara al fortalecimiento del euro en el flanco sur de la Unión por vía de créditos al precio justo; es decir, por medio de una estabilizada prima de riesgo, atenida a la potencialidad económica de Italia y España.

Las objeciones de fondo alemanas a que el BCE actuara comprando deuda se han centrado una vez y otra en el argumento de que su función comienza y acaba en la procura de la estabilidad y en la lucha contra la inflación, siéndole ajeno, en consecuencia, el demandado menester de impulsar el crecimiento económico, puesto que sin ello resulta imposible seguir adelante en el empeño de equilibrar las cuentas. Empeño al que se aplican con el sabido sacrificio social las actuales políticas económicas de España e Italia.

Lo que para hoy se espera del Consejo del BCE es que éste dé la vuelta a la situación descrita ganando su batalla al Bundesbank, al haber demostrado Mario Draghi que la compra de deuda soberana en el corto plazo es compatible del todo con una trayectoria del banco acorde con criterios de estabilidad; especialmente, por la vía de drenar del sistema tanta masa monetaria como la aportada con sus operaciones de compra de deuda soberana, conforme a las perentorias necesidades hispano-italianas.

Y si así es, conforme parece, será porque finalmente, al cabo de la batalla del BCE con el Bundesbank durante varios meses, ha prevalecido la independencia del primero de los dos frente a la presión de Alemania y sus adláteres holandés y finés. La moraleja democrática y liberal – metaeconómica por tanto – de un desenlace así, es que se ha avanzado no sólo en el grave extremo del camino para el rescate del euro, sino también hacia el principio de una efectiva separación de poderes. Por un lado el BCE, como institución de la Unión Europea, y por otro el Bundesbank como banco central de los alemanes y de sus lander, lo que a efectos prácticos lo configura como sólo un poder fáctico dentro de la UE.

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