Chasco político iraní en Teherán

Las albricias se volvieron chasco para la República Islámica de Irán. El contento que días atrás produjo en Teherán la decisión egipcia de asistir a la Conferencia de Países No Alineados, con lo que se cerraban décadas de no relación entre Teherán y El Cairo por causa de la revolución de 1979, cabe decir que ha durado sólo unos días.

Mohamed Mursi, flamante presidente islamista de la República del Nilo, el mayor país árabe y una de las grandes potencias islámicas, tomaba la palabra en la sesión inaugural del evento tercermundista para cargar frontalmente contra el régimen de Bachar el Asad, pidiendo incluso una intervención contra el mismo por la represión sin límites que despliega contra sus adversarios políticos.

La representación siria abandonó la Conferencia cuando Mursi no había aun terminado su discurso, escuchado con patente expresión de disgusto por parte de Mahmud Ahmadineyad, el presidente de la república iraní, sentado a su derecha en la presidencia, y de Ali Jamenei, el Líder Supremo de la Revolución.

De tal forma, el momento tan largamente esperado de la reanudación de relaciones entre las dos primeras potencias islámicas del Oriente Medio, tomaba un giro inesperado, tanto por su fondo político como por la acritud empleada por el sucesor democrático del régimen nacionalista y autoritario de Hosni Mubarak.

El análisis de Teherán sobre los riesgos que podrían derivarse de la normalización de relaciones con El Cairo no fue, ciertamente, un alarde de perspicacia. No cabía extrapolar, como al parecer se hizo, la reciente autorización para que unidades navales iraníes cruzaran el Canal de Suez, rumbo a la base naval siria de Latakia, como garantía o certeza, indicio o promesa, de que los egipcios – especialmente si vencían los islamistas en las urnas – harían pelillos a la mar de 30 años de ruptura política y diplomática con ellos.

Muy al contrario. La normalización con El Cairo ha sido al precio de un daño patente para su propia posición en Oriente Próximo a través de su alianza sistémica con el régimen de Damasco: una relación de alcances estratégicos para la política de Irán en la región, por sus proyecciones contra Israel y por su pertenencia al dispositiva de presión sobre el Estado judío que forman con la propia Siria, el poder regional de Ezbolá en Líbano y de Hamas en la franja palestina de Gaza.

Otro coste significativo de la pirueta iraní para romper con la Conferencia de los No Alineados el cerco internacional que le ha sido impuesto por Occidente a causa de su programa nuclear, ha sido la intervención del propio Secretario General de la ONU, Ban Ki – Moon, en la que ha pedido al régimen de los ayatolás que aporte pruebas de que su programa nuclear no tiene fines militares.

Visto todo lo cual sólo cabe decir que a Teherán, con esta maniobra con la que ha reunido representaciones de 120 países miembros de la Conferencia más las de 17 observadores (entre los que figuraban las representaciones de Arabia Saudí, Qatar y Bahrein …), ha sido un disparo político que le ha salido por la culata al presidente Ahmadineyad.