J, M. Santos, de martillo a interlocutor de las FARC

Quien como ministro de Defensa del presidente Uribe machacó a las guerrillas de las FARC como nadie lo había hecho en más de 40 años, es quien ahora como presidente se ha comprometido a unas conversaciones exploratorias –sobre las que no parece tenerlas todas consigo- con las huestes residuales de la militancia armada del comunismo colombiano,  devenida en industria transformadora de la coca cultivada en la propia Colombia y otras naciones que forman el núcleo duro del neomarxismo bolivariano. Que es tanto como la materia prima políticamente procesada en la factoría ideológica de la Cuba castrista, para así obtener el opio destinados al consumo de los masas hispánicas.

Ese que fue ministro de Uribe y que ahora es el jefe del Estado colombiano, ha cambiado la marcha de su ejecutoria política en el orden de los medios y de las estrategias ante un problema, el de las FARC – de largo asociadas con ETA – que trae ya medio siglo de historia, con miles de muertos y décadas de retraso económico sobre sus espaldas terroristas.

Normal es que luego de los fracasos a que llevaron anteriores intentos de negociación con las FARC por parte de los Gobiernos colombianos, haya determinado que el presidente Santos –que se tienta la ropa antes emprender esta aventura política-, haya expresado todo tipo de reservas sobre la naturaleza y el alcance del actual empeño.

El jefe del Estado colombiano debe haber tomado toda suerte de cautelas; por ejemplo, la que le ha llevado a no incurrir en errores del tipo de los cometidos en su día por el ex presidente Pastrana, que aceptó entre las condiciones para la negociación con la guerrilla la desmilitarización de amplios espacios del territorio nacional. Torpeza en cuya virtud pudo la insurgencia armada reasentarse en ellos del modo que más le convenía.

Es también de observar la función mediadora, cuando no la capacidad promotora de este proceso, desempeñada por la Venezuela de Hugo Chávez, siendo como es éste verdadera manija del régimen cubano en el escenario hemisférico, además de operar como nutriente económico suyo, por vía de los suministros de hidrocarburos y otras enmascaradas gabelas.

No ha sido casualidad que este preambular “proceso de paz” entre el Estado colombiano y el narcoterrorismo de las FARC, haya arrancado de conversaciones mantenidas en La Habana. Tampoco es detectable lo casual en el hecho de que Oslo haya sido incluido en la cartografía del convenido programa de auscultación política entre las partes. La capital noruega tiene acreditada ya una histórica función cartográfica y decantadora de procesos de negociación entre Gobiernos y organizaciones terroristas, siempre a instancias y demanda de éstas. Como lo ha sido en el caso de ETA y como lo fue en otros tiempos del activismo palestino.

Hay una segunda parte no explicitada de las circunstancias en cuya virtud el presidente Santos ha decidido embarcarse en esta aventura, siempre dentro de un marco de riesgo que se pretende limitado. Me refiero al grado de conformidad con el que haya sido aceptada por el Gobierno de Washington. Ese poder con el que la Colombia de ahora, y desde la del presidente Uribe, mantiene el de Bogotá consensos estratégicos de magnitudes críticas. Igual en lo que se refiere a la insurgencia que en lo que corresponde a la industria del narcotráfico que le subyace.