En el campo gravitatorio de un agujero negro

Es lo que determina la recurrencia de la subida de nuestra prima de riesgo y de la caída del Ibex. Ocurre una vez y otra, por las cosas que se dicen sobre los apremios para que los griegos cumplan tras de su segundo rescate, a despecho de su capacidad para sostenerse en el quebranto social y el despeñadero político en que se encuentran.

El tirón gravitatorio se siente especialmente en circunstancias como las de ahora, en las que Samaras, el Primer Ministro de Atenas, ha desplegado su ofensiva mediática antes de ser recibido en Berlín -poco menos que en audiencia – por la canciller Merkel, y en su encuentro con el presidente Hollande en el palacio del Eliseo.

Antes de que Angela Merkel venga a Madrid el 6 de septiembre, acompañada de una cohorte de empresarios alemanes, se encontrará con Francois Hollande, dentro de un marco de relaciones bilaterales franco-alemanas que fueron paradigma de coordinación en el proceso de construcción de una Europa que se ambicionaba nueva, en huida sistémica de los nacionalismos; pero que ha dejado de serlo para sólo bascular actualmente entre las discrepancias sobrevenidas y las afinidades no restablecidas.

Sin embargo, en lo que a Grecia respecta, comparten París y Berlín el entrampamiento en que se encuentran sus respectivos bancos por las especulativa inversión/apuesta que hicieron allí con la botadura del euro, cuando la mar económica de Occidente estaba en calma y nada o sólo poco hacía presagiar a dónde conduciría la danza especuladora de los productos derivados… La moneda única europea no dejaba de serlo también por cuanto las bases institucionales de las que se había de partir –con todos sus explosivos componentes de soberanía, especialmente en lo fiscal -, fueron dejadas a medio atar para un después sin definición suficiente de plazos.

La cuestión ahora no comienza ni acaba, en lo que a Grecia respecta, en si han sido ya dos los rescates con ella practicados. En su presentación de ahora, el problema de los griegos, en lo político, resulta mucho menos un problema puntual – algo que es cierto –, que una cuestión de franco-alemana de responsabilidad histórica y sistémica. Cuando fueron Berlín y París el eje principal de la promoción e impulso de la moneda única, carecieron de la capacidad política y jurídica suficiente para verificar si las previas condiciones institucionales con acepción de soberanía estaban o no estaban dadas. Con lo cual, se tomó el camino opuesto al que se debería haber seguido para el establecimiento del euro.

En ese sentido, en lo político y en lo histórico, sería tan relevante o más la irresponsabilidad del eje franco-alemán que hacía girar a su aire la construcción europea, que los incumplimientos todos habidos después en la disciplina presupuestaria de la Eurozona, empezando por los rescatados y presuntos rescatables y las liviandades fiscales que en 2003 incurrieron galos y tudescos. Tan sobrados ahora, muy especialmente estos últimos, de severidad y displicencia.

¿Hasta dónde los cabos de varas del Bundesbank, del ministerio de Economía berlinés, e incluso del Tribunal Constitucional alemán tienen correcta y justamente procesadas las propias responsabilidades por haber inducido la construcción del euro por el tejado económico en vez de hacerlo por la base institucional, reguladora de los componentes capitales de la soberanía política en los socios nacionales convocados?

La responsabilidad por los platos rotos habría que plantearla en todas las vertientes del problema, no sólo las contables finalmente afloradas. Lo demás parece esconder oportunismo político, avaricia sin control y rencor luterano contra la periferia de la Eurozona.