Un trineo llamado euro

Por Atenas estos días el tiempo es más oro que nunca. Lo ha dicho de otra manera el Primer ministro griego, Antonis Samaras, en declaraciones al Bild Zeitung, al emprender su viaje a la desesperada para entrevistarse ayer con el presidente del Eurogrupo, Jean Claude Junker, antes de hacerlo luego con la canciller Angela Merkel y después con Francois Hollande, el jefe del Estado francés. No es más dinero, ha dicho el griego, lo que Grecia necesita, sino más tiempo para poder cumplir los compromisos contraídos. Un poco de aire para respirar.

Algo de esa necesidad y de tal carencia se ha sabido políticamente también por estos lares de la Piel de Toro por la misma causa del laberinto. Aunque la Canciller y el presidente del Eurogrupo convienen en descartar respuesta alguna para Grecia antes del mes de octubre, pues todo queda supeditado a una previa consideración conjunta de la Troika: Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea (CE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pinta la cosa de manera tan negra que incluso cabría el recurso al refrán de “reunión de pastores, oveja muerta”. Pero la cuestión no llegará a tanto, pese a la dureza inmoderada de Finlandia, el hiperbóreo monago de la Canciller, cuyo primer ministro se ha manifestado en pro de que se deje caer a Grecia junto al camino para que regrese al dracma del que nunca debió salir.

Demasiada tanta brutalidad, menos propia de Europa, con el euro y sin él, que de esa barbarie del islamismo paquistaní capaz de encarcelar a una niña de once años con el Síndrome de Down, somáticamente inocente de todo, acusada de blasfemar contra Mahoma por echar a la cocina de su casa papeles escolares recogidos del suelo en los que había al parecer escrito un versículo del Corán.

A la vista del calvario económico y social con que los griegos están purgando el incumplimiento de los compromisos suscritos por sus gobernantes, y más allá del olvido poco menos que sistémico de las obligaciones con el Estado de muchos de ellos, no cabe olvidar en la presente situación, aun habiéndosele practicado ya dos rescates, la responsabilidad política y la irresponsabilidad bancaria de entidades alemanas y francesas al embarcar a Grecia en una institucionalmente mal diseñada aventura, la del euro, para la que carecía de condiciones suficientes.

Habrán de ver en este mes de septiembre que llega hasta dónde se han cumplido los recortes convenidos de 11.500 millones que deben practicarse hasta 2014. O sea, los hombres de negro certificarán si el ritmo que se lleva es tolerablemente inadecuado. Que de eso se trata conforme las palabras de Samara pidiendo una moratoria  de dos años más para liquidar el total de los recortes exigidos. El Primer ministro de Atenas no pide dinero sino tiempo, lo que en la práctica resulta lo mismo. La cuestión está en saber si el ritmo que se lleva define un estado contable de suficiente fiabilidad.

Dejar caer a Grecia supondría en cualquier caso algo aun más trágico que el desenlace de esa narración de Ángel Ganivet, en la que en medio de la nevada estepa rusa, un padre que viaja en trineo con sus hijos, acosado por los lobos, decide para salvar a los demás echar a las fieras al más pequeño de todos. Descolgar a Grecia no está claro que salvará a los demás los ocupantes del trineo llamado euro.