La radical brutalidad islamista en Pakistán

Según fuentes fiables, en la región pakistaní de Punjab, cada año son secuestradas y violadas en un contexto de radical impunidad, por inhibición de la autoridad musulmana, unas mil niñas y adolescentes pertenecientes a las minorías cristiana e hindú. Pero es la minoría cristiana, que representa el 1,8 por ciento de la población en el único Estado musulmán poseedor de la bomba atómica, la más afectada de ambas, acaso porque su fe cristiana, incardinada teológicamente con la judaica y la propia coránica en las religiones del Libro, de la Biblia, enerva el odio que suele suscitar toda proximidad que no se resuelve de forma positiva porque no alcanza la identidad de fe plenariamente compartida.

Pienso que estos datos y consideraciones cabe que ayuden a dimensionar de más precisa manera el encarcelamiento de una niña pakistaní afectada por el Síndrome de Down, bajo la acusación de blasfemia por haber recogido para prender el fuego de su casa, entre los muchos papeles que ensucian las calles de allí unos, de origen escolar, en los que figuraba, con finalidad didáctica, algún versículo del Corán.

Cuenta la BBC que al no poder responder la niña – de 11 años según unas versiones y de 13 según otras – a las preguntas de la policía, luego de que fuera denunciada por sus vecinos, fue detenida y encarcelada en un recinto penitenciario destinado a presos comunes, y que el presidente del país, Asif Ali Zardari ha ordendo que se abra una investigación para esclarecer los datos concernientes al suceso. No se especifica por la misma fuente si entre lo dilucidado en la primera providencia figura la identificación de la discapacidad que afecta a la niña. Algo que en el mundo civilizado arrastra la consideración de no imputable. La carencia de cualquier grado de responsabilidad.

El contexto social de tan alarmante suceso es más alarmante todavía que el suceso mismo, puesto que los familiares de la niña han sido puestos de inmediato bajo protección policial, tras de las amenazas recibidas desde una parte significativa del vecindario. Vivido así el islamismo como presión y forma de terrorismo social, toma forma espeluznante la premisa cultural explicativa de todas cuantas dinámicas concurren en el fermento nutricio de Al Qaeda y tantos otros activismos de base y raíz musulmana. Activismos que cunden ahora en la propia Asía y en toda el África comprendida entre el Mar Mediterráneo y el mundo subsahariano, donde impera la mosca Tsé-tsé, que en los primeros siglos de la expansión coránica detuvo, al sur del Sahara y del Sahel la caballería de los seguidores del Profeta.

La brutal espectacularidad del suceso pakistaní de la niña discapacitada, sobreviene dentro de una inacabable crónica de violaciones y persecuciones de todo jaez contra las minorías cristiana e hindú, y especialmente del asesinato del alto funcionario que estaba encargado de la protección de éstas. Pero lo hace también en el escenario de un proceso de elaboración de leyes nuevas en las que el delito de blasfemia se definirá en términos de amplitud tan desmedida e imprecisa como de contundencia en su penalización. Ya que incluirá desde la cadena perpetua hasta la pena de muerte. Aviso pues a los navegantes del multiculturalismo, visto que, por definición, el fanatismo islamista no sabe de fronteras ni de alianzas de civilizaciones.