Leña para la hoguera en el Pérsico

A lo poco que parece faltar para que la burbuja de tensión estalle en el Golfo del Petróleo, el ayatolá principal de la teocracia iraní, ese Ali Jamenei al que el sistema intitula Lider Supremo de la Revolución, en un acto con veteranos de la guerra con el Irak de Sadam Hussein, ha vuelto a la carga con aquello que dijo el presidente Ahmadineyad de que la República Islámica borraría del mapa al Estado de Israel.

Para el mutilado de Teherán, quizá desde el cálculo de que Estados Unidos, a punto como quien dice de entrar en campaña electoral, no permitiría que Israel desenterrara el hacha aérea en una operación de guerra preventiva contra el régimen que insiste en cuestionar el derecho a existir del Estado israelí, ha entendido oportuno golpear con la palabra en hierro tan calentado desde el mundo islámico como es el del derecho del Estado judío a seguir sobre la faz de la Historia.

Lo más notorio de la cuestión, sin embargo, es el debate abierto en el seno de la política judía sobre la cuestión iraní, al salir el presidente Simon Peres al paso, con reparos claros, frente al compartido discurso del Primer ministro Benjamín Netanyahu, y el titular de Defensa,  Ehud Barak, sobre la necesidad de una operación de guerra preventiva capaz de detener el programa nuclear iraní, que según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) está encaminado a la obtención de la bomba A.

La percepción interna en Israel de que Netanyahu está decidido a llevar las cosas hasta el final explica que en Israel ya se hayan producido brotes callejeros de pacifismo y manifestaciones de oposición contra la acción militar en Irán. En todo caso, como no podía ser de otra manera, resultará determinante lo que diga y haga la Casa Blanca dentro de un contexto de tan rotundos componentes como son las propias elecciones presidenciales en Estados Unidos y el peso de la crisis económica y financiera internacional.

Y junto a ello, el dato no menos relevante de la guerra civil en Siria (cada vez menos civil y más sectaria, por el ascenso y colisión específica entre el alauísmo gobernante y el yihadismo emergente dentro de los rebeldes), con las tensiones geopolíticas generadas desde el conflicto mismo por la contrapuesta alineación de Occidente y el puntual eje ruso-chino.

Como dato complementario y de interés bien cierto, hay que anotar el hecho de las basculaciones de Irán dentro del mundo coránico, que si de una parte ha sido suspendido de su pertenencia a la Conferencia Islámica, en la Cumbre que esta organización acaba de celebrar en La Meca, por la ejecutoria del régimen de Damasco en el curso de la guerra que mantiene contra la mayoría suní existente en Siria, de otra punto se le abre una ventana con el Egipto del integrista presidente Mursi, 30 años después de ninguna relación tras del advenimiento de la República Islámica y del asesinato del presidente Anuar el Sadat, a manos de un militar perteneciente a la Fraternidad Islámica. Ahora instalada en el poder por su triunfo en las urnas. Mursi visitará Teherán con ocasión de la próxima Cumbre de los Países no Alineados.

A despecho de este cambio en la modificación irano-egipcia, el sirio Assad aparece así más aislado que nunca  ante musulmanes y árabes, pues descontado el crítico apoyo que Moscú y Pekín le prestan en el Consejo de Seguridad de la ONU, sólo dispone en la región de la asistencia iraní y de las posiciones delegadas de Ezbola en el Líbano y de Hamas en la franja palestina de Gaza.

Es decir, dos bazas estratégicas a considerar por parte de Israel en el caso, improbable, de que iniciara a corto plazo, por su cuenta, una acción militar, en forma de bombardeo aéreo masivo contra la República Islámica de Irán, sin el consentimiento y el apoyo de Estados Unidos y sus aliados. Abundante es la leña acumulada para la hoguera. La guerra con Irán es ya más probable que sólo posible, pero menos que cierta.