¿Qué independencia la del BCE?

Esfíngea y arbitraria la práctica del Banco Central Europeo (BCE) con las necesidades de España y de Italia en esta improrrogable coyuntura de la prima de riesgo dentro de su instalación estratosférica. Algo que rebasa las condiciones suficientes para que se produjera la intervención en regla de las dos economías, primero la española y después la italiana. El asunto ya desborda las cuestiones cuantitativas -las que reflejan el cumplimiento por parte de uno y otro país- para entrar de lleno en las cualitativas y de principio, como las concernientes al de soberanía y de igualdad ante el derecho, en un caso y en el otro, a la hora de recibir el mismo trato para todos los Estados suscribientes de los acuerdos para la unión monetaria de Europa.

La supuesta y única función arbitral que corresponde al BCE, esa de operar solo contra la inflación, no cabe entenderla en el actual mandato presidencial de Mario Draghi de forma distinta y aun opuesta a la línea seguida por esta institución en un contexto histórico diferente, cuando al socio alemán le interesaba una ejecutoria opuesta al rigor anti-inflacionario.

Una ejecutoria, aquella, que no sólo perjudicó a los europeos del sur, embarcándoles en la inflación y el burbujeante despelote inmobiliario, con el tsunami cíclico del dinero barato (al mismo compás de la FED norteamericana), sino que colmó las conveniencias alemanas al permitirles, amén de otras cosas, consolidar la ventaja crítica desde la que ahora la RFA, blindada, opera a la vez como juez y parte.

Berlín, con una mano, envía las instrucciones al BCE para que se abstenga de comprar deuda de los meridionales, y con la otra recoge los beneficios que le genera la efervescencia de la prima de riesgo. Alcanza así la hacendosa ama de casa titular de la Cancillería alemana el regusto de facturar en propio beneficio el hospedaje a las capitales que llaman a su puerta, temerosos de la tempestad en la que cursa la prima de riesgo por la financiación de la deuda soberana buscada por España y por Italia.

La brutalidad del sinsentido que representa una situación como esta, en la que nos endeudamos indefinidamente para poder pagar la deuda soberana que tenemos, está exigiendo algo más que considerar el propio riesgo a corto o medio plazo en que Alemania se embarca al arruinar a los destinatarios europeos de sus exportaciones, por no ordenar a Draghi que el BCE corte la orgía de las primas comprando deuda soberana de España e Italia.

Clama al cielo, por un elemental principio de justicia, que Merkel no haya puesto fin a esta situación. Es decir, por no abrir el paso a que el BCE nos reconozca a nosotros, españoles e italianos, el mismo derecho que en su día se arrogaron los alemanes al tomar de esta institución reguladora la financiación que necesitaban para salir del bache en que éstos se encontraban.

Laxos “pro domo sua”, los tudescos le hacen cantar a Draghi la copla de la estabilidad del sistema luego de la juerga venérea que se corrieron con las arcas de este banco. La igualdad ante la euroley no se la pueden seguir pasando un día más por el arco de triunfo. Eso son displicentes prácticas de frescura y desahogo, abusos de fuerza como otros, en el pasado, que el propio Berlín dispensó a los europeos, comprometiendo entonces algo más que presente y futuro del Euro. O sea, poniendo en jaque el propio futuro y el mismo ser de Europa.