Ashton, un síntoma en el síndrome

Ni por belleza ni por talento, ni por lo hecho hasta ahora ni por lo que quepa esperar de ella, Catherine Ashton, la alta representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE sólo se ha distinguido hasta aquí por su disposición de no contar con ningún compatriota nuestro a la hora de elegir los componentes del equipo director del Servicio Exterior Europeo, pese a que otras nacionalidades como sus británicos, alemanes, franceses y secos, estén allí representadas, algunas muy plural y numerosamente, con profesionales de sus respectivas diplomacias.

La última postulación española a uno de tales puestos (18 en total), el de director general para Rusia, países del Este y los Balcanes, la del hasta ahora Embajador en Moscú, Luís Felipe Fernández de la Peña, no sólo no ha sido tomada en cuenta, pese a que el ministro del ramo, José Manuel García-Margallo le indicara a la citada señora que el referido candidato tenía el apoyo de nuestro Gobierno, sino que tampoco han sido estimados otros dos nombres del servicio exterior hispano. Al tiempo que Ashton, luego de rechazar la candidatura se propone sacar a nuevo concurso el citado puesto, tal como ha informado el diario “El País”.

Pero aún siendo evidente esta discriminación, ofensiva para España, de tan poco agraciado como ineficaz e inédito personaje, sobreviene la duda, resuelta en preguntas tales como si todo tiene su origen en una simple antipatía personal de quien fue erróneamente elegida para un menester tan delicado, como el de ir tejiendo, para lo supranacional, una capa de aciertos internacionales que abrigue y proteja la diplomacia común que necesita la Unión Europea, compelida también a integrarse desde fuera hacia adentro.

O si junto a ello, o alternativamente a lo mismo, esta mujer, como una lóbrega libadora de los descréditos exteriores sembrados en tiempo bien reciente por sonadas meteduras de pata internacionales, de todos bien sabidas y lamentadas. Generadoras todas ellas de descrédito exterior, que es otra desgraciada suerte de deuda soberana con la que habremos de pechar los españoles hasta una larga data. Respondería esto a otra distinta sintomatología. Algo que podría venir potenciado, a su vez, por el arcaico colonialismo británico en Gibraltar, con el que esta señora, acaso, se sienta muy a gusto, y por ello mismo disgustada por la actual reactivación del contencioso. Tanto por parte española al insistir sobre el plano de la soberanía, como por parte británica en su política colonial expansiva con las aguas perimetrales del Peñón, a la que -invirtiendo la dinámica seguida hasta ahora- acaba de sumar incursiones pesqueras en el espacio español de soberanía conforme el Tratado de Utrecht.

Llegará el momento en que a este propósito de Gibraltar se plantee en la Unión Europea la cuestión de hasta dónde es procedente que sea un británico el encargado de los menesteres que de forma tan poco airosa, eficaz y competente desempeña esta señora con nombre de estornudo por su tangencia, funcional y estructural, con el problema de Gibraltar.

En cualquier caso, sea por lo que sea, esta bofetada a España por parte de la referida señora (hipotética e improcedentemente alentada por el Foreing Office) es síntoma que corresponde a un penoso síndrome de pérdida de peso de España en el mundo. Y por ende, en el seno de la Unión Europea.