Como navaja en el cuello de España

Sólo faltaba este último domingo -de tensa espera sobre qué pueda hacer el BCE en este principio de semana ante los mercados en acecho -, la broma de Niki Lauda, el austriaco que fue también campeón del mundo, en su entrevista a Fernando Alonso, tras de la victoria de éste en el GP de Alemania, al considerar el hecho de que el triunfo hubiera correspondido a España dentro de una escudería italiana y sobre coche diseñado por un griego. No quiso Alonso entrar en consideraciones políticas respecto de lo planteado por interlocutor, radiofónico en este caso. No tenía porqué hacerlo. La cosa corresponde a otros personajes y figuras.

Al parecer, tras las últimas declaraciones de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, banquero que para muchos se excede en acceder a las indicaciones de la canciller de Alemania, tiene graves responsabilidades funcionales en nuestras angustias financieras, pues en la práctica simula no entender de política ni de economía. Pero tampoco de procesos históricos como el ahora cursa Europa con la aventura del Euro, desde el vértigo que causa haberla comenzado por el tejado de la economía y las finanzas, en vez de haberlo hecho desde las bases jurídico-políticas inherentes a los medulares temas de la soberanía.

Así, el presidente mandatario del BCE, con la impavidez facial de los batracios. respondía a nuestro ministro de Asuntos Exteriores cuando éste había declarado con más razón que un santo que “cada reforma (española) recibe una bofetada en seco de los mercados…”. Contestaba Draghi que “el BCE no debe ocuparse de los problemas financieros de los Estados”.

¿De qué debe ocuparse entonces? ¿Puede considerarse ajena una competencia bancaria como la suya a las exigencias de una solidaridad activa con los Estados que actúan de estricta concordancia con las condiciones definidas en Bruselas y Luxemburgo para beneficiarse de la cooperación de la Eurozona?

No es de recibo que un funcionario titular de tan importantes poderes delegados pueda plantear, decir y argumentar contra la propia naturaleza de los problemas inherentes a la construcción del euro, en lo económico y en lo político, que los problemas financieros de los Estados concernidos en ese mismo proceso son cuestiones poco menos que irrelevantes para su menester tuitivo dentro del engranaje en que España se está jugando su futuro a medio y largo plazo. Esos “problemas financieros de los Estados” son problemas sistémicos, pues si uno naufraga lo hará de seguido el conjunto que componen todos.

Tampoco se ve por ninguna parte esa “total independencia” a que alude Draghi cuando recuerda que el papel del BCE es contribuir a la estabilidad del sistema financiero. Además, ¿cómo cabría considerar que se corresponde con tal estabilidad la situación a la que los mercados han llevado a España, denunciada por García-Margallo en Palma de Mallorca? Sólo el BCE puede cortar en seco las bofetadas que en seco nos dan los mercados tras de cada reforma que este Gobierno hace, tal como dice el titular de Exteriores y conforme ha remachado desde el PP Esteban González Pons.

Pero tanto desde el BCE como desde la propia Cancillería de Berlín se debe caer en la cuenta del grado y nivel de saturación social a que se ha llegado en España como consecuencia de la terapéutica aplicada conforme lo preceptuado por Bruselas. Todo tiene un límite y todo presiona y apunta como una navaja abierta sobre el cuello de España.