Turquía, Siria, Egipto

El derribo por el Ejército sirio de un avión turco ha tenido virtualidades de clarificación sobre algo que excede las relaciones entre Damasco y Ankara. El impacto del suceso ha repercutido – ¡quién lo había de decir! – en la abierta desembocadura política de las elecciones presidenciales egipcias, propiciando la transigencia militar en la victoria de la Hermandad Musulmana sobre el propio candidato castrense Ahmed Shafiq, que fue el último Primer ministro del depuesto Hosni Mubarak, además de director del Servicio Militar de Inteligencia.

Las cosas parecen más claras. Se van encajando, cada una en su lugar, las piezas de un puzzle medio-oriental profunda y profusamente complejo. La muy importante geopolítica regional aflora como receptora de una guerra sectaria – la de Siria – entre facciones del Islam; conflicto que no es la primera vez que aflora entre la mayoría siria de los suníes y la minoría gobernante de las Alauitas, parcela o facción de los chiíes. Un planeta coránico, éstos, que orbita en torno a la estrella iraní, que es la sede del chiísmo.

Resulta, como es sabido, que la República Islámica de Irán es el principal apoyo exterior del que dispone la Siria de los Assad. Y sabido es también el designio de la República Islámica de Irán de alzarse con el liderazgo geo-político de la cuenca del petróleo, del Golfo Pérsico, cuya puerta de salida no es otra que el estrecho de Ormúz. Pero también, cuya otra puerta, por el noroeste, es la República Árabe de Egipto. Se trata de los dos vértices geopolíticos, el egipcio y el iraní, de la despensa energética del mundo industrializado, en la que se incluye también el propio petróleo de los persas.

Si al final de los años 70 del pasado siglo dejó de ser Irán apoyo y gendarme de los intereses angloamericanos en esa región – de tan manifiesta importancia crítica para el mundo industrializado de entonces, mientras había desaparecido, tras la subida al poder del presidente Sadat, la implantación soviética en Egipto-, no iba a suceder ahora, al cabo del cambio político en la primera potencia árabe, que el acceso al poder de quienes eliminaron al presidente Sadat, los Hermanos Musulmanes, convirtiera a los rivales dentro de la fe islámica en aliados políticos contra Estados Unidos, Israel y los componentes todos de la OTAN en el Próximo y en el Medio Oriente.

Como es también sabido, Siria, tutelada por Irán, es pieza inseparable en su conflicto interno de la madeja de tensiones en que aparece envuelto ese espacio que desde el extremo oriental del Mediterráneo se extiende hasta el Océano Índico y se prolonga, por la antigua Persia, hasta la frontera occidental de Afganistán. También lo es que los vencedores de las elecciones egipcios son tan mayoritariamente suníes como la población siria predominante, y como las de Turquía, Arabia y los componentes del Consejo de Cooperación del Golfo, excepción hecha de Bahrein.

Con una estructura escénica de estas características, ¿cómo la Hermandad Musulmana, recolectora de los frutos del cambio político egipcio no iba a darle toda suerte de garantías a la Junta Militar de que se avendría al acatamiento de todos los muchos recortes practicados por ella y que, en la práctica, lo que viene a demostrar es que lo sucedido hasta ahora no desemboca en la democracia sino que ahora es, propiamente, cuando empieza la transición egipcia hacia ella?

Otro ángulo de visión es el que presenta a Turquía como una pieza de importancia ascendente en la estabilización política regional de esa parte del occidente asiático, donde las advertencias de la OTAN a Siria por el derribo de un avión turco, tienen otros destinatarios de fondo. Con Irán, quienes blindan respectivamente a Damasco y Teherán en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A uno, por causa de su guerra civil; y a otro, por su aventura ambigua con las potencialidades del átomo.