Paraguay, casi otro Honduras

No hay uno sin dos, ni dos sin tres. El populismo de la interregional chavista – ampliado en su eco de protesta con Perú, Brasil y Colombia – encara otro quebranto. Una nueva baja. La destitución parlamentaria el pasado fin de semana del presidente paraguayo, Fernando Lugo, ex obispo de la Iglesia Católica, por más de los dos tercios del Poder Legislativo (39 votos frente a cuatro) tal como exige el artículo 22 de la Constitución del país “a causa del mal desempeño de sus funciones”, ha sido calificada ya de “golpe de Estado” por parte de sus conmilitones en el frente bolivariano, que dirige la Venezuela de Hugo Chávez bajo la batuta, a su vez, de la diarquía castrista de Cuba. Todos, como no podía ser menos, niegan su reconocimiento al nuevo poder.

Con el de la propia Venezuela hipotecada por las metástasis de su presidente, el Gobierno argentino de Cristina Fernández de Kirchner, el Ecuador de Rafael Correa, la Bolivia de Evo Morales y la República Dominicana de Lionel Fernández se ha producido ya el esperado y condenatorio rechazo del relevo institucional y civil del presidente Lugo por el vicepresidente Federico Franco, del Partido Liberal, tras de la dicho votación en la Cámara legislativa tras de los sangrientos sucesos de Curuguaty, originados después de una ocupación de tierras al aire de la reforma agraria; proyecto estrella del proyecto socialista de Lugo, engrasado con el petróleo venezolano enviado por Chávez. Esquema de transformación que ha incluido muy plausibles iniciativas, como el programa de alimentos para los niños escolarizados del país.

El descabalgamiento político del obispo galante hace algo más que presagiar un rosario de episodios hemisféricos semejantes a los que hubo en Honduras tras la destitución, también por vía de los poderes constitucionales, del presidente Zelaya. Ensombrerado traficante llegado al poder con los votos de la derecha, que quiso desde la jefatura del Estado modificar la Constitución para ser nuevamente elegido. Opción expresamente vedada por la Carta Fundamental hondureña que respondía al diseño estratégico de los bolivarianos: demorarse en el poder con este tipo de cambios para manejar los tiempos políticos en el medio y el largo plazo, necesarios para la consolidación de sus políticas de transformación socialista.

Ya en las primeras horas de la destitución del presidente Lugo en Paraguay, el presidente dominicano se adelantaba a proponer la convocatoria de la Organización de Estados Americanos (OEA) para debatir lo sucedido en Asunción, donde el relevo del presidente se ha llevado a efecto con los votos del Partido Liberal y el Partido Colorado.

Pero a diferencia de lo ocurrido en Honduras con la destitución del presidente Zelaya, el contexto en que se mueva ahora la orquesta bolivariana es distinto y más extenso que el de ese reciente tiempo. En Venezuela, el Chávez que entonces había dejado de ser incógnita política se ha vuelto incógnita clínica a bien corto plazo; por Bolivia, Evo Morales aparece inmerso en un proceso de deterioro tan irreversible como intenso, con choques contra sus hermanos indígenas; Rafael Correa, en Ecuador, está envuelto en circunstancias de estabilidad manifiestamente mejorables, mientras que en Argentina el peronismo kirchneriano gobernante con la presidenta Fernández, además de otros muchos otros problemas de deterioro nacional y de la agravada involución de la seguridad jurídica, enfrenta el choque con el poderoso sindicato de los camioneros. Tampoco está la marquesa bolivariana para tafetanes; es decir, no se encuentra la izquierda hemisférica en condiciones de reproducir en Paraguay el proceso que consiguió levantar contra Honduras por la defenestración institucional de su compadre Zelaya, aunque la protesta sea en este caso paraguayo de radio mayor que el hondureño. Tampoco dispondrá el populismo hemisférico del potenciador eco de fondo que aportó la diplomacia moratina.