Horas críticas para el cambio egipcio

Poco se atisba en Egipto tras las tapias del ahora mismo. En las prolongadas vísperas de los resultados en las elecciones presidenciales, donde el candidato islamista y el candidato nacionalista se atribuyen la victoria, mientras se ignora si el depuesto Mubarak está vivo o muerto y se vuelve a cargar la presión en plaza Tahrir, Egipto se adentra en un escenario de vacíos institucionales e indefiniciones políticas. El más poblado de los Estados árabes permanece un compás crítico.

Sólo la Junta Militar parece tener conocimiento fehaciente de qué vaya a pasar en las próximas horas y en los próximos días, pues aparte de disponer de la fuerza de las armas dispone de la información de cuánto pueda hacer la oposición islamista, más allá de los primeros choques en los inicios de la represión, que debe darse por descontada.

Junto a los datos internos de la establecida involución en el cambio egipcio que se estableció con el derrocamiento del presidente Mubarak; datos para el control de la situación por parte del subsistente régimen militar – establecido hace ya 60 años -, hay que computar los datos sangrientos de la represión en que ha resuelto la protesta política en Siria. La sombra comparativa de las 15.000 muertes en que se estima el balance de esto, trivializa el peso de lo que ocurrió en Egipto (600 víctimas mortales) en los días de la revolución causante de la caída del agonizante Rais. Eso le da a la Junta Militar un margen de cobertura suficiente para reprimir las muy probables protestas que acarrearía la proclamación de su propio candidato como vencedor en las elecciones presidenciales.

Lo saben los militares y, tanto como ellos, los islamistas que se sienten vencedores en las urnas y capaces de darle la vuelta a la inmensa tortilla de más de medio siglo de autoridad militar y nacionalista en el país del Nilo.

No es lo más probable esto. Algo que sería una auténtica revolución en el más estricto sentido del término, especialmente si se llegara a ello por la vía del compromiso militar en aceptar que hubiera sido la fuerza nucleada por los Hermanos Musulmanes la opción victoriosa en los comicios presidenciales celebrados hace siete días. No es lo más probable una cosa así, tanto por el dominio militar de la fuerza como por lo que Egipto representa en el equilibrio geopolítico del Oriente Próximo y Medio.

Si por una parte concurre el foco del conflicto sirio – que desviaría la atención sobre la eventual represión militar de la protesta islamista -, si es proclamado vencedor en las urnas el último primer ministro de Mubarak, y previamente jefe de los Servicios de Inteligencia, sucede de otro punto que serían las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos e Israel, los primeros que se opondrían a que los islamistas convirtieran Egipto en una potencia regional sintónica con la República de Irán, que tiene en Oriente Próximo además de una alianza medular con el régimen sirio de los Assad, los alfiles de Ezbolá en Líbano y de Hamás en el espacio palestino de Gaza.

No pueden ser más fluidas de lo mucho que son las condiciones escénicas establecidas en el involucionado escenario de la revolución egipcia. Habrá revueltas y protestas variablemente reprimidas, en plaza Tahrir y en otras partes, pero es lo prudente pensar que no habrá una revolución.