Pleamar de la involución egipcia

Habrá de reconocerse una vez más que la lógica política en el mundo árabe, cuando se trata de identificar qué es democracia y qué no es, requiere de análisis ajenos por entero a los propios del mundo occidental y de los espacios a que éste exportó en su momento sus propios puntos de vista. Fue la llamada “primavera árabe” iniciada en Túnez hace año y medio el proceso de cambio que, con proceso bien variados, disparó la dinámica de estas diferencias dentro de escenarios no menos diferenciados y contrapuestos.

Tras del esperanzador desenlace en que se resolvió el capítulo tunecino durante su primera fase, sobrevino el episodio de la revolución líbica, resuelta en una guerra civil con participación occidental y final desembocadura política en una práctica difuminación del poder del Estado, al que han suplantado de hecho las guerrillas vencedoras de la dictadura gadafiana.

Vino luego el cambio más importante de todos en ese conjunto de Estados norteafricanos: el correspondiente a Egipto, con el derrocamiento del presidente Mubarak y su posterior condena por responsabilidades contraídas en la represión de los rebeldes, amén de los cargos de rigor en estos casos por enriquecimiento ilícito.

Pero antes de seguir con lo que actualmente cursa junto a las orillas del Nilo, hay que señalar ese drama terrible, con miles de muertos, en que se ha resuelto la revuelta en Siria, ante el que la Federación Rusa – tras del fracaso de la misión de observadores enviada por la ONU – ha desplegado las prerrogativas de sus intereses nacionales propios con el envío de dos navíos al puerto de Tartus, dentro de una aparente esgrima de disuasión frente a la idea de otra intervención armada occidental, como la ocurrida en Libia.

Pero volvamos a Egipto como tema central de este comentario. Ocurre que mientras abordo este enorme particular de la involución egipcia, se comienzan a concentrar en la cairota Plaza Tahrir – escenario del pulso entre los rebeldes al régimen militar del depuesto presidente Hosni Mubarak y los efectivos del régimen teóricamente depuesto – llegan los manifestantes convocados al unísono por los Hermanos Musulmanes y por el conglomerado de las demás fuerzas disconformes con el régimen teóricamente depuesto.

Unos y otros, islámicos y laicos, se han ido a Tahrir para oponerse a la confiscación militar del Poder Legislativo, formado desde las elecciones parlamentarias celebradas el último invierno, y de parte de las competencias del Poder Ejecutivo, salido de las urnas del último fin de semana, cuyos resultados oficiales los proclamará la Junta Militar, luego de que los candidatos, islamista uno y militar retirado el otro (además de Primer ministro en el último Gobierno de Mubarak) se hayan proclamado por su respectiva cuenta vencedores en la elección presidencial.

Importa menos advertir que los manifestantes pretender condicionar el resultado oficial de la consultad habida, que los contradictorios intereses de los convocantes de la protesta, puesto que los islamistas tienen un discurso de fondo y de forma incompatible con la democracia y toda libertad política, ya que la norma suya no es otra que la integrista ley coránica, mientras que los demás – musulmanes en su mayoría y también con numerosos cristianos – se mueven dentro de los límites de la opuesta ley civil.

Civil es también la base de fondo, nacionalista, desde la que ha operado el mundo de la milicia egipcia durante los 60 años en que ha ocupado allí el poder. No es ocioso plantearse – habrán pensado los militares egipcios – si es conforme con la democracia y con las libertades civiles entregar el poder a los islamistas, hostiles a las libertades civiles y a la democracia. ¿Será que piensan que de la misma forma que se dan dictaduras para la igualdad también puedan darse dictaduras para las libertades? Tratándose de Egipto, diálogos con la esfinge.