En el filo de la navaja

¡Menudo fin de semana! No hay por dónde coger la actualidad que más nos atañe como europeos, pues cada uno de sus costados quema tanto como todo el entero conjunto de ellos… Los griegos escenifican electoralmente el riesgo de que salte la cadena de Eurozona, puesto que representan nacionalmente el eslabón más débil del conjunto de soberanías malcastradas que la componen. Los franceses han podido entregarle a Hollande, en la segunda ronda de sus elecciones parlamentarias, el endoso nacional suficiente para reconvertir el eje de concierto que hubo entre París y Berlín en órbita de colisión. Como choque de trenes.

Una socialdemocracia parakeynesiana, que pide estímulos de crecimiento para escapar de la recesión y un centroderecha alemán que huye del fantasma inflacionario que arruinó la política de Weimar y que reproduce, en criterios de política económica la impavidez aquella en la Casa Blanca de Herbert Hoover, de cuya gestión monetarista brotó el tsunami de la Gran Depresión, con el crack de la Bolsa norteamericana en 1929. Aunque de ésta no se salió ni por Keynes como teórico ni por Rosevelt por su política de grandes obras públicas, sino a consecuencia del gran salto de actividad en la industria de defensa originado por la Segunda Guerra Mundial, mientras que las raíces últimas de la inflación que devoró la República de Weimar fueron las sanciones draconianas impuestas a la Alemania en el Tratado de Versalles. Y tienen de draconianas lo suyo también la recetas merkelianas para el saneamiento presupuestario del arco meridional de la Eurozona.

De otra parte, en el pasado fin de semana dieron comienzo las elecciones presidenciales egipcias sobre los escombros de los comicios parlamentarios del pasado invierno, puesto que el poder militar que aporta la base para la transición egipcia desde el mubaraquismo a la democracia, y en funciones de instancia constitucional suprema, decretó la nulidad de los comicios aquellos. Y, a su vez, validando la candidatura a la Jefatura del Estado egipcio de un general retirado que fue el último Primer Ministro de Hosni Mubarak.

Con ello, el último paso formal del proceso egipcio de cambio político reduce el esquema de las opciones que se ofrecen al electorado con una alternativa que histórica, sociológica y políticamente representa al nacionalista poder militar que ha gobernado Egipto desde el derrocamiento de la monarquía del rey Faruk, administrada por Londres. Y, de otro lado, la opción mixta, representada en su parte primordial por el islamismo – nucleado por los Hermanos Musulmanes – y los componentes políticos del poder civil, de una común base laica en la que debe computarse la minoría de población cristiana, que aglutina a diez millones de la población, pero cuyo alineamiento político es civil. En contraposición a los islamistas, para los cuales, como es sabido, no existe otra Constitución política que la norma coránica.

También de lo que salga de las urnas egipcias en este turno de las presidenciales dependerá la naturaleza de Egipto, en tanto que interlocutor de lo europeo y occidental, como Estado soberano y sujeto de Derecho Internacional , o como parte integrante de un todo – difícilmente homologable internacionalmente con las categorías jurídicas al uso – conceptuado como Califato Universal.

No es baladí la diferencia que se habría de derivar, en el orden internacional, de qué sea uno u otro el desenlace de las elecciones presidenciales egipcias. Sin dejar de considerar, por otra parte, la acogida que dispensen las masas a lo que salga de las urnas. Pero es lo primero aquello que más trascendencia puede tener para el mundo europeo. Se nos abre por ahí, en consecuencia, otro flanco de incertidumbre en términos de seguridad geopolítica. Algo no despreciable, como complemento, de lo que dramáticamente dimana del horizonte económico y monetario.