Regreso francés a la disidencia

No serán ciertamente ríos de tinta los que corran tras del manifiesto francés de disidencia frente a Estados Unidos, ocurrido en la Cumbre atlántica de Chicago a propósito de la rectificación hecha, por François Hollande, del compromiso asumido por Nicolás Sarkozy, su predecesor en el Elíseo, sobre la fecha para la retirada del contingente militar propio en Afganistán. El recién elegido acumula así una segunda precisión sobre los límites espaciales y temáticos de su mandato con respecto a los de su predecesor.

Asimismo, hito de discontinuidad de la política exterior francesa ha sido, en el escenario de la Unión Europea, con el Berlín de la canciller Merkel, cuyos postulados de estabilidad frente a la crisis económica y financiera, asumidos por Sarkozy, fueron durante el anterior ciclo político galo parte esencial de la relación entre París y Berlín antes y después de la crisis, el insistido asunto de los eurobonos por parte de Hollande en la Cumbre de Bruselas ha sido rechazado expresamente por Merkel, cuando ésta ha precisado que “los Tratados de la UE prohíben que se garantice mutuamente la deuda de otros Estados…, añadiendo que la mutualización de la deuda no contribuye a reactivar el crecimiento”. Aunque no es menos cierto en este debate, según Hollande, el hecho de que haya países con una deuda soberana del seis por ciento mientras otros están con tipos próximos a cero”.

Respecto de la rectificación del compromiso previo de Francia en la continuidad del esfuerzo militar en Afganistán, es obviamente obligada la reflexión comparativa entre esa expresión responsable de autonomía de voluntad responsable, hecha por Hollande en un encuentro a solas con Obama, previo al discurso de éste en la Cumbre atlántica de Chicago, y lo actuado en su día por Zapatero en Iraq, al retirar nada más llegar a la Moncloa y sin previo aviso, el contingente militar español allí destacado durante aquella guerra y luego glosar desde Túnez, como senda a seguir por los demás el sentido de tan ruinosa e impresentable defección. Aquello operó como causa primera del descrédito internacional en Occidente arrastrado luego por España.

Y en lo que corresponde a lo segundo, al iniciado desanclaje francés de su coliderazgo europeo con Alemania, parece presentar, en principio, más componentes de mensaje a las socialdemocracias europeas – caídas del poder desde las urnas en los últimos tiempos, exceptuadas las elecciones regionales alemanas -, que sustantividad política e ideológica bastante, además de soporte de poder suficiente como para constituir a la Francia de ahora mismo en polo de referencia alternativo dentro del curso actual de la crisis y para cuando llegue el momento en que la crisis acabe.

Integrado en esta perspectiva del cambio francés en Europa figura el encuentro habido este miércoles en el Elíseo entre Hollande y Mariano Rajoy. La desgraciada referencia de Hollande en este momento crítico al estado de la Banca española, ha dejado cortas las impertinencias de su predecesor Sarkozy sobre el nivel de dificultad que corresponde a España; utilizadas ambas cosas por los respectivos huéspedes del Elíseo, en rito de mantenida continuidad, como muleta con la que torear la embestida de los propios y actuales problemas internos de Francia: cualificada copartícipe en los riesgos bancarios europeos dentro del laberinto en que mora el Minotauro griego. La Banca francesa como la alemana, sabido es, se llevan la palma en ese riesgo. Cada cual tiene en sus balances bancarios el correspondiente ladrillo.